“La ley: mi espada y mi escudo”. Selección de documentos de Benito Juárez

| Benito Pablo Juárez García

2010 (1ra edición) Coedición con Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 978-9962-645-46-7

“Me presenté a don José Domingo González, así se llamaba mi nuevo preceptor, quien desde luego me preguntó en qué regla o escala estaba yo escribiendo. Le contesté que en la cuarta… “Bien -me dijo-, haz tu plana que me presentarás a la hora que los demás presenten las suyas”. Llegada la hora de costumbre presenté la plana que había yo formado conforme a la muestra que se me dio, pero no salió perfecta porque estaba yo aprendiendo y no era un profesor. El maestro se molestó y en vez de manifestarme los defectos que mi plana tenía y enseñarme el modo de enmendarlos sólo me dijo que no servía y me mandó castigar. Esta injusticia me ofendió profundamente”.

La lectura imprescindible de Apuntes para mis hijos, el texto con que se inicia esta selección, nos revela la fuerza de carácter en la personalidad de Benito Juárez: “me fugué de mi casa, me resolví separarme definitivamente de la escuela”,2 la sospechada aversión por la carrera eclesiástica, la resolución de pasarse al Instituto, abandonar definitivamente los estudios teológicos y permanecer en él a pesar de la oposición social. Es una determinación que se volverá más poderosa con los años y los desafíos. Los atropellos continuos que tendría que experimentar y la arbitrariedad que respiraba por doquier no harían más que acentuar su resolución. La ofensa sustentaba la resistencia. El zapoteca se impondría y aún, iría más lejos.

En una lectura profunda de sus textos, en donde predominan los documentos de Estado, se advierte el estilo seco de Juárez, quien no es pródigo en revelaciones de su estado de ánimo. En ello se distinguen estas notas autobiográficas que nos legó y que de alguna manera, si seguimos el criterio casi general de que fueron escritas alrededor de 1857, cierran un período de definiciones. Pues este, es el año en que se dan las condiciones de posibilidad para que se convierta en un político de relieve nacional. Entonces, en medio de la Guerra de la Reforma y las urgencias que una intervención extranjera imponen, no queda mucho espacio para las revelaciones.

El prestigio de la autoridad

La reforma de la sociedad dentro del horizonte liberal tenía para el joven Juárez de 1834 un contenido preciso. Por su propia experiencia como abogado en el pueblo de Loxicha ante los excesos del párroco, su continuada conciencia de las tremendas desigualdades sociales y el alcance de la impunidad de los privilegiados, pudo comprobar que la vigencia de los fueros creaba un universo al margen de la ley. Las huellas del consistente pensamiento liberal del joven Juárez podemos encontrarlas en la valoración sostenida en torno a las administraciones liberales de los años treinta que, según su criterio, habían incomprendido los principios de la libertad y el progreso. ¿Qué sería para Juárez, metido ya en los trajines de la política del Estado de Oaxaca, comprender bien los principios de libertad? Implementar la igualdad entre todos los hombres, el respeto de sus derechos como principio fundamental de la República y que el poder supremo del Estado no se asiente en el privilegio militar o eclesiástico, sino en la autoridad civil. Llegó a ser nombrado gobernador del Estado de Oaxaca, tras encabezar el movimiento de oposición contra el motín conservador para despojar de la presidencia a Gómez Farías.

Ocupó este cargo hasta 1852, lo que constituye la experiencia política más importante de Juárez hasta ese momento. A este trascendental período en que ejerce como gobernador de Oaxaca [1847-1852] le reservamos una dimensión de mayor visibilidad en la selección por el conjunto de obras que impulsó desde ese espacio de poder. En especial el Discurso al Congreso de Oaxaca del 2 de julio de 1848, donde realiza un balance de su gestión de gobierno y los conflictos a los que se ha tenido que enfrentar.4 Estos discursos de Juárez al Congreso Local resultan además, textos importantes para la comprensión del acto de gobernar que va forjando.

Santa Anna, que no olvidaría el desafío de 1847, cuando retorna al poder destierra al gobernador que le había negado el acceso a Oaxaca y emprende así, Benito Juárez su pasaje irreversible al movimiento de los que sueñan con instaurar los principios liberales como una brújula definitiva. La experiencia del exilio [Nueva Orleáns, 29 de diciembre de 1853-20 de junio de 1855] lo puso en estrecho contacto con el grupo de mexicanos también en el destierro, entre los que se encontraban Melchor Ocampo y Ponciano Arriaga;5 espacio, en las horas de tertulia para arrinconar el hambre, en que consolida futuras alianzas y estrategias compartidas en la comprensión del proyecto liberal. El cambio de personas, pero no de ordenamiento durante todo el período post independentista le tenía convencido de que ese juego político entre administraciones retrógrada o liberal no aseguraría la verdadera transformación. Todo el andamiaje que aseguraba el poder del clero y el resto de las clases privilegiadas seguía intacto. La transformación más importante durante este corto exilio reside en la emergencia de una conciencia de grupo, que ante los próximos desafíos marcaría lo que se ha dado en llamar la generación de la reforma.

La chispa que produjo el incendio

A pesar de las contradicciones rápidamente emergentes entre Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, que llevaron a la renuncia de su amigo desde el exilio: Melchor Ocampo, Juárez decidió mantenerse finalmente en su cargo como ministro de Justicia porque consideró que por fin tenía la oportunidad de emprender la reforma que necesitaba la sociedad mexicana. Existe un texto interesante de Ocampo, ex-gobernador de Michoacán, que muestra una radiografía de las tensiones del movimiento liberal organizado y de paso nos ilumina la singularidad de la postura de Juárez en el contexto político: Nosotros no estamos aún bien clasificados en México, porque para muchos no están definidos ni los primeros principios, ni arraigadas las ideas primordiales; buenos instintos de felices organizaciones, más que un sistema lógico y bien razonado de obrar, es lo que forma nuestro partido liberal. Nada más común que encontrarse personas que defienden el principio, y que en la aplicación teórica o práctica inciden en groseras contradicciones [...] pero al menos en una sola serie de ideas, en los puntos prominentes se debían evitar las contradicciones. íHay, sin embargo, liberales que creen que el hombre es más inclinado al mal que al bien, que el pueblo debe estar en perpetua tutela, que los fueros profesionales deben extenderse a todos los actos de la vida, que convienen los monopolios y las alcabalas, con otras mil lindezas de la misma estofa!

No solo nos revela la ausencia de un programa colegiado de principios comunes para la revolución liberal, sino la división interna de los reformadores en: “puros” y “moderados”. Entre los primeros, Guillermo Prieto, Ponciano Arriaga, Benito Juárez, y a no dudarlo, Melchor Ocampo. El corpus legislativo de la Reforma, como se ha señalado resulta significativo, por contribuir a perfilar el Estado mexicano moderno y servir de fundamento jurídico a la modernización porfiriana. Así con el artículo 42 de la Ley Juárez, a contrapelo de los moderados, queda establecido para toda la República lo siguiente: Se suprimen los tribunales especiales, con excepción de los eclesiásticos y los militares. Los tribunales eclesiásticos cesarán de conocer en los negocios civiles y continuarán conociendo de los delitos comunes de individuos de su fuero, mientras se expide una ley que arregle ese punto. Los tribunales militares cesarán también de conocer de los negocios civiles y conocerán tan sólo de los delitos puramente militares o mixtos de los individuos sujetos al fuero de guerra.

A pesar de las contradicciones profundas en el gabinete de Álvarez, el nuevo ministro de Justicia logró llevar al plano jurídico el sueño de poner fin a la intromisión del clero en los asuntos civiles y criminales. Las protestas del clero no se hicieron esperar; no renuncian al fuero sin un consentimiento del Papa: “no con el fin de sujetar a su jurisdicción la de la Nación, [se apresura a decir el Arzobispo] sino con el de que si lo tuviese a bien, me diese la libertad que no tengo, de prescindir de las leyes insinuadas y del juramento que digo; libertad que ningún otro puede darme, ni tomármela yo”.9 En medio del triunfo del camino de las transacciones como le había parecido a Ocampo el giro inicial de la revolución, Juárez aceleró la marcha y a través de la ley ejecutó su primera gran estocada. No debe pasarnos inadvertido que la Reforma se abría paso con los moderados en el poder.

Al ponerse en marcha el proceso constitucional, Benito Juárez resultó electo nuevamente gobernador del Estado de Oaxaca; había decidido continuar con la batalla por propagar el espíritu de la Reforma. Mas, no lo deja todo para el orden teórico. Cuando las autoridades eclesiásticas de la ciudad planificaron cerrar las puertas de la iglesia para no recibirlo y romper así con el ritual establecido de cantar el Te Deum en la Catedral en son de marcado desafío, convirtió la secularización del ceremonial de posesión gubernamental en un acto posible. El futuro de una nueva cultura política, independiente de la ritualidad eclesiástica, ya estaba tomando forma en Oaxaca. Benito Juárez aprovechó la oportunidad que le dieron los canónigos de la Catedral para establecer que los representantes de la autoridad civil no debían asistir como tales a las procesiones ni a las profesiones de monjas. Los gobiernos civiles no tienen religión, se le escucha decir con serena temeridad. Y aunque el antagonismo simbólico entre liberalismo y catolicismo, le hizo perder a los liberales redes más fructíferas con las culturas populares,10 Juárez no limitó las transformaciones de las “malas costumbres” a la delimitación de los rituales civiles, sino que arremetió contra la ostentación de los políticos, contra la pompa vanidosa del espectáculo del poder. Siguiendo su principio de cumplir la ley con su propio ejemplo, abolió la norma de llevar como signo de distinción sombreros especiales en las funciones públicas y de contar con una fuerza armada de protección en su casa. Benito Juárez no vislumbra la práctica de los derechos ciudadanos sino que emprende el ejercicio de los mismos.

El Congreso Constituyente de 1857 resulta históricamente trascendental por las demandas que anticipó a un horizonte de posibilidad, a pesar de que Ignacio Comonfort no estuviese a la altura de las circunstancias. A mediados de octubre de este mismo año, en medio de una nueva crisis política, Juárez es llamado a ocupar el puesto de Gobernación y solicita ser reemplazado en su cargo de gobernador del Estado de Oaxaca. El programa de la Reforma, tanto tiempo aplazado, por fin ve la luz a mediados de 1859 en medio de continuas derrotas militares de las fuerzas fieles al gobierno constitucional y de la tremenda polémica que levanta el Tratado McLane-Ocampo.11 En los documentos aquí seleccionados referidos al proceso de la Reforma podemos encontrar el corpus discursivo del México utópico desde la certeza liberal. Ya sea que nos acerquemos a las declaraciones del Congreso Constituyente a la Nación al proclamarse la Constitución o al manifiesto de justificación de las Leyes de la Reforma; dos piezas claves del pensamiento liberal latinoamericano.12 Sin embargo, bien lo dijo Adolfo Gilly: “los principios jurídicos de la Constitución de 1857 eran, en cierto modo, los de un país todavía imaginado, un sueño al cual la realidad no correspondía pero debería algún día corresponder”.13 No se pretende en esta selección abordar todos los puntos polémicos que en torno al período de luchas por instaurar definitivamente “el imperio de la legalidad” como el “orden regular de la sociedad” que el gobierno constitucional, encabezado por Juárez y un grupo prestigioso de liberales, estaba proponiendo, sino, apuntar hitos de un proceso inédito en el continente, con sus aciertos y tensiones. La victoria del liberalismo en México, inspirada en una perseverante defensa de los principios constitucionalistas, tendiente a socavar la excesiva personalización en el ejercicio del poder, transcurrió en medio del no reconocimiento exterior de la legitimidad del gobierno constitucional, de la reorganización socialmente diversificada de las fuerzas conservadoras que tenían asimismo su gobierno constituido en la ciudad de México y la urgencia de radicalizar, en esas condiciones, la revolución liberal. Volver a los documentos más importantes de la vida política de Juárez es una manera de acercarse a los conflictos específicos con que chocaron las propuestas teóricas liberales en el contexto latinoamericano. Sus avances de la frontera de lo posible y sus fracasos permanecen conectados con procesos insoslayables, como las bases sociales del conservadurismo, las condiciones impuestas al mundo colonial para el acceso al tan anhelado progreso y el descubrimiento progresivo de la naturaleza oportunista del vecino poderoso. A lo largo de 1860, por ejemplo, la intromisión del gobierno británico en pos de lograr la gobernabilidad en un país reducido a la barbarie, en palabras del Encargado de Negocios, provocó escisiones profundas en el gabinete constitucionalista. Juárez se mantuvo leal a la Constitución y además, permaneció muy firme en torno al tema de introducir tropas extranjeras en el país. Desde Lerdo de Tejada, Santos Degollado, pasando por González Ortega,16 no resistieron la tentación de la amnistía sacrificando la Constitución; el zapoteca en cambio se mantuvo inconmovible: no puede existir solución pacífica sin el reconocimiento del orden constitucional. En sus propias palabras a los soldados que se aprestan a defender el nuevo cerco militar a Veracruz17 semejante pacto sería: “una transacción vergonzosa. Y este hecho nos revela, como muchos otros a lo largo de la década del 60, un factor permanente en la batalla por afianzar los principios de la reforma: la fragilidad de la hegemonía juarista.

La coexistencia misma de dos gobiernos, emanado uno de la asonada en Tacubaya y el otro, de la Constitución del 57, expresa las dimensiones de la batalla. En medio de la reacción combinada, las fuerzas más apegadas a la fe liberal legitimaron la autoridad del zapoteca, reconociéndole como Presidente del orden constitucional, que no defendía preferencias de facciones, sino, principios para una comunidad política posible. Sin embargo, los retos tremendos para esta comunidad emergieron de todos los frentes cuando se consumó la victoria militar sobre las fuerzas conservadoras. El gobierno constitucionalista tuvo que enfrentar, en primer término, la crisis financiera que le inhabilitaba para el cumplimiento de las promesas de pago de deudas o el sostenimiento del ejército. De esta difícil etapa, en que la paz volvía a un precio muy alto, hemos seleccionado el Discurso pronunciado por Juárez en la apertura al segundo Congreso Constitucional en mayo de 1861. En medio de este momento histórico Juárez es acusado de traición a la patria. Otros respondieron por él y aprovechamos el incidente para destacar cómo en los días de la Guerra de la Reforma, sus propios compañeros y amigos no comprendían su radical intransigencia.

Decimos que casi solo el presidente rechazaba las ideas que entonces abrigaban muchos liberales y al hablar así, damos lo suyo a cada uno. Muchos jefes militares declaraban que era indispensable el enganche de voluntarios extranjeros; otros querían que no sólo vinieran tropas sino oficiales [...]. En vano se hacían insistencias al presidente, en vano se proponían las más estudiadas precauciones para no comprometer ni la independencia ni la dignidad de la República, en vano se combinaba la idea con otros proyectos, enlazándola con la necesidad de la colonización, de hacer efectiva la libertad de cultos, de mantener después del triunfo un elemento de fuerza material que completara la pacificación del país. El señor Juárez rechazó todas estas ideas, tuvo desavenencias hasta con muchos de sus amigos íntimos; en su correspondencia contrarió siempre el proyecto y, perseverando en la lucha, los acontecimientos le han dado la razón y gracias a él, la República venció a sus opresores, sin más auxilio que sus propios recursos y el denodado esfuerzo de sus hijos.19 A pesar del prestigio del Presidente las fuerzas liberales continuaron profundamente divididas. Durante el breve período de normalidad constitucional se le imputó el tema espinoso del Tratado McLane-Ocampo y también se intentaron numerosas estrategias para obstaculizar su victoria como Presidente de la República, incluso, se le exigió en septiembre de 1861 su renuncia. El tejido del consenso, aún entre su propio partido, es un reto que Juárez asume a veces con mucha calma, lo cual, alimenta las críticas de quienes lo acusan de pasividad. Pero cuando la situación exige una jugada de riesgo no vacila. Es memorable el momento en que González Ortega lo presiona con la renuncia sino atiende sus exigencias de recursos.

En un contexto más bien crítico el zapoteca acepta el desafío: le extiende la renuncia como general en jefe del cuerpo de ejército de operaciones. No vacila en mostrar firmeza en los momentos más difíciles, no entra en negociaciones ni acepta imposiciones injustas; salir airoso de la provocación le proporcionó un mayor apoyo de varios gobiernos locales. El gobernador de Querétaro, por ejemplo, que reconoce no haber votado por Juárez, responde a los diputados que exigen la renuncia del presidente electo con argumentos que validan el impacto de los principios sostenidos en el proceso de Reforma. Para este gobernador y para otro grupo numeroso de políticos, la revolución liberal había trascendido la naturaleza de los tradicionales pronunciamientos. Este apoyo momentáneo salvó la situación.

Las pérdidas tremendas de Ocampo y Santos Degollado para el campo liberal no aplacaron los conflictos que para Juárez no constituyen más que “ligeras fluctuaciones” y nuevamente en un discurso ante el congreso sintetiza: El avance rápido que en este último período han hecho hacia su consolidación definitiva la revolución y la reforma, sólo puede dejar descontentos a los que buscan en las obras humanas frutos quiméricos y abortivos y esperaban que al otro día de triunfar la profunda revolución que se ha estado obrando en la República surgirían como por encanto el orden, la paz y la prosperidad, sin considerar, que el tiempo debía seguir un trabajo lento y difícil para reparar el desconcierto social, político y administrativo, consiguiente a tres años de recios sacudimientos. Una nueva guerra, una nueva prueba y pareciera que únicamente esta clase de pruebas insuflaba la idea de nación [desempolvar el patriotismo, le llamaron algunos al reto que una intervención, con afanes de conquista, tenía para la revolución liberal]. Las fuerzas conservadoras decidieron, aún con sus conflictos internos,21 jugarse una carta osada. Respondieron a la profundización de la reforma con la renuncia a la soberanía, dispuestas a no ceder el control de sus privilegios. Convocaron demonios y tras años de intriga lograron reunir las fuerzas tripartitas de España, Francia e Inglaterra con el fin de intervenir en México. En ocasiones, durante este período hemos dejado fuera de la selección discursos importantes, porque su significado aflora con el conocimiento exquisito del contexto político y en su contenido se reiteran las constantes de sus principios ideológicos. Por ello, le hemos dado prioridad a la combinación de discursos, decretos, cartas privadas, arengas a soldados heroicos, respuestas contundentes que nos permiten ir tomando el pulso a los acontecimientos y que, paralelamente, nos iluminan en su dinámica, el pensamiento político de Juárez. En un primer período España e Inglaterra imponen momentáneamente a Francia los límites del proyecto de una intervención militar conjunta: presionar al gobierno constitucional a pagar las deudas y confiscar, en caso extremo, los ingresos aduanales. El convenio de la Soledad en febrero de 1862 es la prueba de una tensa transacción.22 No obstante el gobierno francés continúa con su estrategia secreta de imponer a Maximiliano. En este potaje de intrigas, afincadas en una infraestructura de lentas comunicaciones, en el que además de los agentes secretos o públicos, los secretarios de relaciones exteriores y los diplomáticos, intervienen aquellos personajes ya vencidos en su momento, como Santa Anna, Comonfort o Miramón; se insiste en minar la autoridad de Juárez contraponiéndolo a Manuel Doblado, quien ocupaba gobernación y exteriores.

La estrategia negociadora de la Soledad, auspiciada por el general español Juan Prim, provocó la ruptura de la alianza tripartita. La aventura de una intervención militar a partir de abril de 1862 es sostenida por el gobierno francés y las fuerzas conservadoras internas, vencidas ya militarmente durante la guerra de la reforma. Su primera derrota, el 5 de mayo de 1862. Ignacio Zaragoza, general del Ejército de Oriente y artífice de esta derrota, convencido de que ya no valen soluciones pacíficas ni espíritu mediador, expresa con acierto: “Debemos estimar en poco todo lo que se diga de Europa y a nosotros nos importa mucho prepararnos para una lucha formidable, porque los tiranos no conocen más ley que la fuerza y la opresión y sólo la potencia de las armas puede desengañarlos”.24 La lucha formidable comenzó y la articulación de la unidad nacional para hacer frente a un ejército superior se vio amenazada por profundas contradicciones. En medio del momento crítico del sitio a Puebla [marzomayo 1863] hemos seleccionado una carta breve de Juárez a Ignacio Comonfort,25 Jefe del cuerpo del Ejército del centro, en el que le dice con esa manera escueta, cierra los ojos y manda a castigar a los cobardes. Hemos preferido este tipo de textos a los discursos reiterativos del Congreso. Y ni aún estas misivas-espadas pueden ofrecernos la complejidad política que atraviesa el zapoteca: las crisis políticas continuas en varios estados de la federación [Tamaulipas, Jalisco, Michoacán, Veracruz], los cambios del gabinete en pos de mantener la unidad del partido liberal [Juárez tuvo que realizar extrañas combinaciones y manejar un raro equilibrio entre los Comonfort, Doblado, González Ortega, Lerdo, apenas si le quedaban antiguos "puros"27 a los que acudir], la imposibilidad de articular una verdadera estrategia nacional de enfrentamiento a la intervención francesa ante los intereses particulares de varios gobernadores de estado. Benito Juárez consulta, calla, pasa la mano, comete errores, es severo cuando no le queda más remedio como cuando previene a López Uraga. “no es digno ni decoroso que a éste se le exijan condiciones que lo pongan en ridículo y lo humillen a la vista de su enemigo que todo lo observa y que lo que desea es degradar y despreciar a la primera autoridad del país, para nulificarla y sustituirla con otra que transija con él, con mengua de la dignidad nacional”.29 La situación es tal que nuevamente se le pide a Juárez, a principios de 1864, que renuncie a la Presidencia de la República. Así le escribe Manuel Doblado que sería el único camino “que podrá salvar al país de la inminente ruina que le amenaza. El invasor repite que con usted no tratará jamás; pero que respetará la independencia e incolumidad de la república. Un pretexto es éste; pero un pretexto que no puede ponerse de manifiesto, sino con la renuncia de usted. Preste usted, pues, un servicio eminente sacrificando su persona para desenmascarar al extranjero y poner en evidencia su mala fe ante el mundo entero”.30 Asimismo, el conflicto latente con Vidaurri, Gobernador de Nuevo León, que durante años había desafiado abiertamente la autoridad de Juárez estalla sin remedios a fines de febrero. En esta ocasión es reveladora la respuesta, agotadas ya todas las vías conciliadoras y pacientes que el presidente había desplegado.

Al igual que durante la Guerra de Reforma, muchos volvieron a pensar en la idea de enajenar territorio nacional para lograr apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Pero ya hemos analizado brevemente la inconmovible respuesta de Benito Juárez. A fines de 1864 se corre el rumor de que este Gobierno reconocerá a Maximiliano. El Presidente que, junto a Matías Romero,31 había visto como el gobierno norteamericano negaba apoyo a la lucha mexicana en nombre de la neutralidad y al mismo tiempo facilitaba a los franceses abastecerse en recursos, escribe, a propósito de la falsedad de los rumores, que sería una cooperación negativa de esa república. En los documentos incluidos en esta selección, varias veces comenta Juárez su postura ante el poder de los Estados Unidos, inmersos en los conflictos de la guerra civil. Del conjunto de su pensamiento sobresale la invariable postura que expresa de manera sencilla y directa: “Yo sé que los ricos y poderosos ni sienten, ni menos procuran remediar las desgracias de los pobres. Aquéllos se temen y se respetan y no son capaces de romper lanzas por las querellas de los débiles ni por las injusticias que sobre ellos se ejerzan. Éste es y éste ha sido el mundo. Solo los que no quieran conocerlo se chasquean”.32 La historia de las luchas de los pueblos coloniales en pos de su independencia ha confirmado la aseveración juarista.

El año de 1865 se inicia con gran parte del territorio mexicano ocupado por las fuerzas francesas, a excepción de los Estados de Chihuahua, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Chiapas y parte del estado de Oaxaca. En estas condiciones se intensifican además las contradicciones entre Maximiliano y el clero mexicano. Por ello desde su nueva sede en la ciudad de Chihuahua, el Presidente Constitucional redacta el importante Manifiesto a la Nación, que hemos recogido también en esta selección. Es un documento relevante, no solamente porque está escrito en medio del dolor que significa la pérdida de un hijo.

Desde una profunda serenidad escribe: “La existencia del poder arbitrario es una violación permanente del derecho y de la justicia, que ni el tiempo, ni las armas pueden justificar jamás y que es preciso destruir para honor de México y de la humanidad. Esta es nuestra tarea: ayudadnos [...]“.33 Para mediados de este año vuelve a trasladar la sede gubernamental; los franceses han tomado Chihuahua. Para fines de ese año después de los tristes conflictos con Guillermo Prieto y el abandono del general Negrete,34 Juárez se siente profundamente preocupado en torno a la decisión de prorrogar sus poderes como Presidente. La oposición no se hace esperar: González Ortega, Prieto y el general Patoni escriben duras misivas contra la decisión que finalmente tomó el 8 de noviembre de 1865. No escribe el zapoteca profusamente, apenas breves comentarios. Pero en todas las cartas de ese período crítico no deja de referirse al impacto que ha tenido el decreto. Hasta el 30 de abril de 1866, y por conducto de Sebastián Lerdo de Tejada, no es que en una larguísima circular se decide por fin a explicitar las razones de la prórroga. Es un acto insólito y un ejercicio de fe.

La tragedia de la utopía liberal imaginada

El proceso de desamortización de la propiedad comunal, uno de los ejes principales de la propuesta liberal, promovió un sinnúmero de insurrecciones entre 1868-1871 y dejó planteado los límites de un liberalismo estrictamente centralista ante las urgencias prioritarias del logro de la estabilidad política.

La nación que se pretendía organizar tuvo en el período de la lucha contra los proyectos conservadores, importantes impulsos creativos inspirados en el horizonte que la Reforma Liberal dibujó como posibilidad. A mi juicio, Gilly apunta a una dirección aún poco considerada cuando plantea con naturalidad que la utopía liberal “encendía y guiaba la imaginación de sus autores35 pero no se encarnaba sino parcialmente en sus métodos y en sus relaciones con el país real”. El período postintervención brindaría la oportunidad de constatar cuánto del ideal permanecía aún lejano y extraño a universos culturales que nada tenían que ver con los valores occidentales de libertad y justicia; cuán incompatible resultaba su racionalidad individualista con las tradiciones comunitarias de ese pueblo al que se aspiraba despertar con el conocimiento de sus derechos. La restauración de la república llega tras los profundos cambios generados por años de guerra civil y de lucha contra la intervención francesa. Durante estos años se ampliaron las alianzas sociales, se radicalizó la agenda liberal, se pusieron en evidencia las limitaciones de los proyectos conservadores y se forjaron espacios de desafíos a las maneras tradicionales de ejercicio del poder a todas las escalas sociales. La unidad nacida tras el esfuerzo tremendo de derrotar la coalición conservadores- interventores-colaboradores de diversas filiaciones, dio paso a la emergencia de múltiples signos de fractura de estas alianzas de coyuntura. El gobierno juarista tenía ante sí el desafío de enfrentar los problemas específicos que la descentralización política había causado. El conflicto planteado ante la urgencia gubernamental de reorganizar y defender la institucionalidad y la autoridad, más allá de exponer la cuestión de qué hacer con una agenda radical o cómo enfrentar los desafíos de campesinos indígenas y líderes mestizos que se consideraban actores legítimos y miembros actuantes de la nación, revelaba las fisuras cada vez más marcadas, al interior de las fuerzas liberales organizadas.

La utopía liberal que fundaron los miembros de la Generación de la Reforma prendió entre comerciantes mestizos, maestros de escuelas, campesinos indígenas que se apropiaron de un discurso liberal y lo arroparon de un fuerte sentido popular. La lucha por alcanzar este horizonte alimentó la constancia de estos mismos sectores en el enfrentamiento contra los conservadores primero, y contra los franceses después. Gracias a las bases populares del liberalismo mexicano pudo el gobierno juarista consolidarse y finalmente salir triunfante. No deja de ser una visión romántica esa, que aún bellamente expresada por Manuel Galich, predomina sobre el asombro que suscita Juárez conduciendo la guerra desde un carruaje. Cierto que mantuvo la raíz del lado de acá de la frontera, que conservó encendido el fuego de la utopía anclada en la Constitución de 1857 y que permaneció en su condición civil, todo un signo de su ética; cuando las fórmulas autoritarias revestidas de populismo liberal también formaban parte del repertorio de lo posible. Pero también la excesiva centralidad del carruaje, como símbolo de la constancia en la soledad, converge con la historia oficial del nacionalismo mexicano que disimula sus soportes.

Mientras en la región el liberalismo fue interpretado bajo el prisma del progresismo como palanca para la expansión económica, la Generación de la Reforma no sólo lo interpretó como un programa económico, sino, que le sirvió de marco para la construcción de un proyecto de nación: “El gobierno no tiene memoria, sino para el bien; defensor de los derechos de los mexicanos, no puede querer sino el ingreso de éstos, sin distinción de colores políticos, al seno de las leyes; proclamador de todas las libertades, la del pensamiento y la de la opinión, aún de sus enemigos [...] la causa del Gobierno Nacional es la de todos los pueblos de la República y, por los principios que sostiene, es la de todos los hombres, sin distinción de nacionalidades ni de colores”.36 Benito Juárez, como se ve, pertenecía, más apegado que otros políticos latinoamericanos, contemporáneos suyos, al marco jurídico de un estado liberal que no sólo limitase el papel de la Iglesia y los desafueros de un autoritarismo de base militar, sino que impidiese también el progresismo autoritario de carácter civil. El pensamiento político de Juárez y, sobre todo, su práctica de gobierno en estos años de desafío no pueden verse aislados de estos asaltos a la visión liberal de orden. Aunque los artífices de la Reforma no sucumbieron durante mucho tiempo a la tentación posible del autoritarismo, dada la sólida tradición jurídica-liberal que dignamente encarnó Benito Juárez, los esfuerzos por centralizar el poder e institucionalizar la autoridad estatal tuvieron prioridad; aún si para ello había que pasar por encima de los puntales populares que hasta entonces habían sostenido la utopía liberal. Hay que tomar en consideración que la victoria republicana sobre la intervención no sólo significó el reconocimiento exterior de la soberanía del Estado mexicano, sino, que alimentó el reconocimiento ciudadano de inclusión a un proyecto nacional por parte de amplios sectores sociales. Las investigaciones en torno a las contradicciones internas del movimiento liberal mexicano revelan -ancladas en las especificidades regionales y sostenidas por sectores sociales diferentes y con interpretaciones diversas en torno a los marcos ciudadanos- la autonomía municipal y el acceso a la tierra. La represión a varias insurrecciones campesinas entre 1868-1871 y la reelección de Juárez en 1871 provocaron la emergencia de cuestionamientos directos al papel represivo del ejército federal y al proceso de constitución del Estado Nacional: por qué se imponen gobernadores ilegítimos con la anuencia del Ejecutivo, por qué se ignora la soberanía popular.

Cuando Porfirio Díaz enarboló la Constitución del 57 en el Plan de la Noria,37 puso el dedo en la llaga. Al privilegiar la tendencia centralista, en detrimento de las altas expectativas populares de inclusión ciudadana en el proyecto liberal de nación, comenzaron a producirse las inevitables fracturas en las fuerzas liberales y a visibilizarse los límites de su proyecto. Los cercos a la utopía, más que de sus fundamentos doctrinarios, provienen de la imposibilidad liberal de digerir el proceso de democratización que se pone en marcha. El cierre de la selección en el Manifiesto en apoyo a la convocatoria de las elecciones es un gesto más bien simbólico. Allí están contenidas, en claves, las tragedias por venir en el horizonte de posibilidades que la victoria sobre la intervención extranjera viabilizó. Al final, con la utopía pasó como nos es conocido, Díaz torció nuevamente el rumbo y pudo salir del fondo la revolución social más profunda de todo el continente. En todo lo referente a las contradicciones internas dentro del campo liberal no sólo están las planteadas por movimientos populares, las disensiones entre figuras políticas locales, las ambiciones de los generales; sino que, me encuentro lo mismo que le pasó a Emma Goldman cuando llegó a Rusia: Las incongruencias de los principios. Es una idea que sintetiza Ocampo en ese párrafo que cito de sus quince días como ministro y que no se limitó a la década del 50. Esa incongruencia [y diversidad] de asumirse liberal y pensar al mismo tiempo que el pueblo debe estar en perpetua tutela, por ejemplo, la respiramos en esos terribles principios de la década del 60 y que a la muerte de Juárez continuará. La utopía está cercada, pero no puede convertirse en palabra sagrada de una secta religiosa, donde únicamente existe un conjunto de elegidos que son los únicos que interpretan y entienden bien qué significa ser liberal, marxista o anarquista en toda su extensión.

Y ese movimiento de construir las ideas primordiales, los primeros principios y sujetarse a ellos sin caer en contradicciones, es todo un reto. La democracia y la ciudadanía en tiempos de paz corren el riesgo de confundirse con el respeto a la autoridad y al orden. Quizás por ahí pueden encontrarse las claves para retornar al liberalismo juarista, desde perspectivas más críticas, sin comulgar con el descrédito permanente a que lo tienen confinado las fuerzas conservadoras.

Un pensamiento en ““La ley: mi espada y mi escudo”. Selección de documentos de Benito Juárez

  1. gerardo samperio

    Agradezco infinitamente el valioso esfuerzo realizado para dar a conocer una breve parte de la historia de un patriota sin igual.
    me siento muy honrado en conocer su trabajo por este medio, sigan con este noble gesto.

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