Andando en la historia

| Fernando Martínez Heredia

2009 (1ra edición) Coedición con Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, Cuba 978-9962-645-43-6

Adónde va el pasado

Era como la percepción remota de otras posibilidades.
ALEJO CARPENTIER
Viaje a la semilla

Y no es el reino del olvido. La memoria es la secretaria
del olvido. Maneja en archivadoras el pasado.
ERNESTO CARDENAL
Coplas a la muerte de Merton.

La invocación de la historia de Cuba ocupa un lugar destacado en nuestra actualidad. La corriente principal y más visible la proclama como la prueba decisiva de la especificidad nacional y del destino del país, y como acta de legitimidad del régimen político y el tipo de sociedad en que vivimos. Pero esa corriente no es la única. Hay quienes van a la historia de Cuba en busca de las señales que permitan identificar a un país de permanencias y de diferencias sociales, a salvo de radicalismos: el país futuro que desean. Si asumimos otro tipo de aproximación, la de la Historia como ciencia social, constatamos una sostenida multiplicación de los aportes de monografías historiográficas de buena calidad, que han ampliado mucho el acervo de preguntas y de evidencias sobre eventos, procesos y temas históricos. Ellas han abierto nuevas fuentes o leído más hondo las existentes, asumido más perspectivas diversas y utilizado nuevos instrumentos, y se han abierto mucho a los intercambios con otros medios en los que se hace Historia. A menudo sus resultados niegan o desafían creencias más o menos arraigadas, o ponen bases nuevas para el trabajo en esta disciplina. Es realmente inaceptable 2 que esos aportes incidan tan poco en el contenido de la enseñanza y la divulgación de la historia nacional.

La crisis que se desató en Cuba hace más de quince años trajo consigo un reto formidable al sentido de los tiempos -el presente, el pasado y, sobre todo, el futuro- que persiste aunque haya asumido formas más serenas. En lo concerniente a los grandes asuntos de la Historia, el de la nación ha sido el más saliente. Como es común en tantos países, guarda alguna relación con el lugar de Cuba en el mundo y con las ideas sobre el tema que dominan o están en pugna en ámbitos internacionales, pero lo esencial son sus contenidos y condicionamientos propios. Propaganda, divulgación, ediciones, seminarios, estudios, investigaciones y debates son afectados o influidos por las preguntas y los abordajes de la nación. En los primeros años de la década del noventa las palabras claves eran “proyectos de nación”, “cubanía” o “identidad nacional”. Después vinieron los supuestos “retos del milenio” -felizmente olvidados- y se sumaron otras locuciones como “globalización”, “cultura nacional”, “diversidad” o “participación”. Estas últimas expresan la fuerza emergente de la cuestión del socialismo, que intenta ponerse en el centro de las ideas, movida por la etapa crucial para el orden futuro del país en el cual vamos entrando y por una premisa ineludible: para ser, la opción socialista necesitará la actuación política de las mayorías.

Las expresiones citadas indican tendencias de pensamiento e investigación, posiciones ideológicas, ritos o modas. También concurre a este cuadro de lo histórico la situación y los problemas más generales de las ciencias sociales y el pensamiento social, que bregan por salir completamente de un período adverso que ha sido duro y largo, pero todavía tienen dificultades serias y además resultan insuficientes ante las exigencias de la coyuntura y de sus deberes específicos. En síntesis, puede afirmarse que la historia de Cuba es hoy un campo intelectual e ideológico de enorme importancia y que la ciencia de la Historia está desarrollándose, puede ser capaz de seguir ese curso ascendente y, si las condiciones son favorables, será capaz de cumplir sus funciones sociales.

Trabajo en Historia desde una posición propia y definida. Ella me motiva, e influye -a veces decisivamente- en mi elección de temas e instrumentos, y en las hipótesis e intuiciones; mis presupuestos ideológicos participan en la labor investigativa y se notan en mis análisis. Nada de esto me hace original, les sucede a todos mis colegas; simplemente estoy consciente de ello. Esa lucidez me permite observar con rigor reglas tales como partir de una masa de hechos y no seleccionar arbitrariamente a mi conveniencia los que tomo; preguntarle a la materia en investigación, con libertad intelectual, lo que ella demanda o sugiere, no lo que mi prejuicio desea; dudar del acierto de mi análisis si aparecen elementos díscolos u opuestos a la hipótesis en desarrollo; atenerme a métodos y normas de la Historia, aunque utilice también otros medios de ciencia social en la búsqueda del conocimiento histórico. Algunas veces llego a someter a crítica la relación de mi posición con mi trabajo concreto, tratando de evitar la parcialidad, la arbitrariedad y la ceguera ante lo que no cabe en nuestra tendencia, aunque exista y hasta sea escandaloso. Esos sanos ejercicios convienen a todo investigador. Desde mi compromiso político expreso mi posición teórica y -no a pesar de ellos- reivindico la exigencia de respeto a la práctica específica de la ciencia social, con sus preguntas, sus criterios propios y sus pesquisas -que deben ser despiadados si es preciso-, su autonomía relativa y su ética.

Considero que el marxismo es el instrumento teórico más atinado y capaz para el pensamiento y las ciencias sociales, y que su teoría de las luchas de clases es fundamental para investigar el mundo que se ha llamado moderno, así como los movimientos e ideas que deben revolucionarlo, derrocar al capitalismo e impedirle recuperarse y reconquistarnos. Abomino y combato la mezcla de especulación, positivismo, autoritarismo dogmático y reformismo político que logró ser la tendencia más fuerte e influyente dentro del marxismo en la centuria pasada y que se niega a desaparecer. Pero en la Cuba actual, a mi juicio, lo principal en cuanto al marxismo es contribuir a que una nueva generación que posee ideales revolucionarios socialistas se apodere de la inmensa riqueza 4 del pensamiento marxista y enfrente con esa fuerza y esas capacidades el cúmulo de desafíos y tareas que tendrá pronto ante sí. Por otra parte, soy seguidor de la antigua tradición de expresar en los trabajos científicos las convicciones propias y los criterios del autor acerca de los caminos a seguir y las soluciones de los problemas de las sociedades, virtud que la profesionalización “objetivista” y el interés de la burguesía han tendido a eliminar o devaluar durante el último siglo y medio. Precoz y permanente consumidor de estudios y narraciones orales sobre la historia de mi país, en los años sesenta cursé una gran parte de las materias contenidas en la licenciatura habanera en Historia, pero dentro de un programa intelectual muy diferente al de ella, y con la expresa intención de no pretender graduarme allí. Desde aquellos años hasta hoy he realizado numerosas investigaciones históricas -aunque nunca he sido un profesional de dedicación completa a esta materia- y he fungido como docente de la disciplina, conferencista y divulgador en muy diversos ámbitos. Todo este tiempo he seguido estudiando textos de Historia y también de posiciones teóricas acerca de esa ciencia. En este libro he reunido un conjunto de trabajos que tratan de la historia de Cuba y, en alguna medida, de la ciencia histórica.

El hilo conductor de mis investigaciones acerca de Cuba es la historia de la dominación y la de las resistencias y rebeldías. Los conflictos tienen, por tanto, un papel muy importante en esas indagaciones, pero sería erróneo estimar que son lo único central; me interesan igualmente el funcionamiento de la dominación, la adecuación a ella de los dominados y las reformulaciones de la hegemonía que logran los dominantes. Como es natural, he estudiado mucho y tengo muy en cuenta la dimensión económica de las formaciones sociales determinables en la historia de Cuba. Hace treinta y cinco años ensayé un esquema de ellas y su sucesión en el transcurso del medio milenio iniciado con la conquista, intentando crear un instrumento ajeno a los cánones europeos que han hecho daño a la comprensión de nuestra historia. Pero sigo el principio de no confundir dos ámbitos, la estructura económica y el movimiento histórico, realidades que marchan jun5 tas y revueltas pero que el investigador está obligado a discernir siempre. El valor de determinación de eventos de la “economía” en una sociedad determinada -usualmente tan mal entendido y exagerado- puede ser alto en cuanto al funcionamiento de la formación social, pero en modo alguno lo es cuando esta entra en procesos de cambios súbitos y, sobre todo, de revoluciones.

El ámbito temporal de los trabajos que integran Andando en la Historia es el de los dos últimos siglos. Sin olvidar la importante acumulación cultural resultante de los trescientos años de historia colonial que los precedieron, estas dos últimas centurias son el teatro de mi tema. Los dos primeros textos atienden todo el período, y los siete siguientes desarrollan asuntos más específicos del decurso histórico de Cuba entre el inicio de ese lapso y 1961. El décimo aborda cuestiones de la ciencia histórica en el curso de la Revolución. Decidí cerrar la obra con tres prólogos en los que, al presentar los libros, vierto mis criterios acerca de grupos sociales cubanos y sobre la investigación histórica. Este es un texto de interpretación, en el que, por consiguiente, predominan los asertos, la presentación de problemas, los juicios que pueden ser polémicos, las sugerencias de caminos de búsquedas, la visión que pretende ser totalizadora y la puesta en relación de la materia histórica con otras áreas del conocimiento social y con las ideologías de las clases sociales y la conciencia social de una época determinada. Casi nunca narra eventos y episodios históricos como parte de su argumentación, aunque ellos están en el centro de su trabajo. Se beneficia de los notables avances y del estado de la ciencia histórica acerca de Cuba, aunque, como es natural, el autor es el único responsable de las opiniones e ideas presentadas.

Me permito llamar la atención sobre algunos de los asuntos y aseveraciones del libro. Ante todo, el papel decisivo de las revoluciones. Las dos primeras lograron la creación del cubano y la formación de una nación en Cuba, pero no se limitaron a las proezas de derrotar todos los esfuerzos del colonialismo de España y el peso cultural de su presencia, salvar a Cuba de ser anexada a Estados Unidos y hacer que el Estado 6 republicano naciera como fruto de una epopeya nacional popular. Esos eventos -sobre todo la Revolución del 95- fueron excepcionales por su magnitud y su alcance históricos. Exploro otras consecuencias suyas, como fueron los cambios profundos en la autoestima, las capacidades y la conciencia política y social de los individuos y los grupos sociales humildes, su comprensión de las relaciones de raza y nación, una nueva construcción social de razas y racismo muy superior, en cuanto a justicia, a la lograda después de la emancipación en otros países de América. También la ideología predominante durante la república, un nacionalismo transido de radicalismo popular que la política burguesa compartía, pero no podía conducir, y las relaciones y conflictos de ese nacionalismo con la justicia social y racial. No abordo en esta obra la Revolución del 30, por haberlo hecho en un libro reciente, pero dedico un trabajo a la reformulación de la hegemonía de la dominación en el período de la segunda república burguesa neocolonial, en busca de lo específico de esa etapa histórica dentro de la continuidad republicana. Tampoco incluyo ningún texto sobre la insurrección de los años cincuenta -pretendo terminar un libro de interpretación sobre ese proceso- pero consagro dos textos a los cambios radicales de las personas y la conciencia social en los dos primeros años del poder revolucionario, y parte de otro al problema del carácter de la Revolución. Los resultados esperables de las crisis de la formación económica y del sistema político alrededor de 1930 fueron alterados profundamente por la Revolución ocurrida en esos años, que generó nuevas realidades y un tipo determinado de reorganización del sistema. La cuarta Revolución, que triunfó en 1959, no fue consecuencia de una crisis irremediable de la estructura económica y social, sino de una praxis que fue capaz de violentar a fondo lo que se estimaba posible y crear un medio nuevo en el que el poder revolucionario y el espíritu libertario popular transformaron al país y a las personas involucradas, a un grado tan alto, que vencieron al capitalismo y al dominio 1 Fernando Martínez Heredia: La Revolución cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008. 7 imperialista. La Revolución asumió un proyecto trascendental, el socialismo, que ha movido o motivado a Cuba hasta hoy y sigue siendo la alternativa idónea.

La palabra “revolución” ha sido la central y la más cargada de sentido en la vida cívica de los cubanos durante el último medio siglo. Es necesario que la revolución, como proceso social y como concepto, sea más trabajada y ocupe el lugar que le corresponde en el pensamiento y las ciencias sociales. El estudio de las revoluciones cubanas me ha aportado algunas certezas. Entre ellas, que las tendencias evolutivas resultaron demasiado cercanas o subalternas a las de conservación de los sistemas de explotación, opresión y colonización, y en las coyunturas de crisis tuvieron que ser las opciones revolucionarias las eficaces para obtener cambios. Que el proceso histórico fue formando una incongruencia creciente entre la estructura exportadora capitalista neocolonial y el nivel político y de conciencia social que conquistaba la población del país, inadecuación que no pudieron paliar la república burguesa neocolonial ni el enorme crecimiento económico de las dos primeras décadas de la centuria pasada. Que el sistema de dominación se vio forzado, después de cada revolución, a complejizar más su hegemonía, para integrar y controlar los nuevos desarrollos de los niveles políticos y de la conciencia social; pero en esas reformulaciones coexistían la capacidad de evitar una nueva revolución con el peligro de que, si ella estallaba, partiría del mayor nivel político e ideológico alcanzado y tendría objetivos más funestos para el sistema en su conjunto.

Dado el cúmulo de factores históricos que han tendido a ligar a Cuba con Estados Unidos, la gigantesca diferencia de fuerzas y la precoz relación neocolonial, quiero resaltar que solo las revoluciones fueron capaces de crear y sostener una intransigencia nacional y popular de rechazo permanente al dominio norteamericano, y darle sentimientos, solidez, capacidades y estrategia efectivos. La Revolución del 95 creó prácticas y conciencia política anticoloniales, así como ansias de soberanía. Pero la interiorización de la colonización, herencia terrible que deja el colonialismo, se tornó, en la primera república, desconfianza neocolonizada en la capacidad de los cubanos para gobernar su país y resignación a sufrir las 8 injerencias externas. Fue la Revolución del 30 la que liberó a los cubanos de ese complejo político de inferioridad. En cuanto a la Revolución que triunfó en 1959, son innecesarias las explicaciones: sin el peso colosal del antimperialismo no pueden entenderse sus hechos, su proceso, sus ideas y las motivaciones, las prácticas y el consenso de las mayorías. Una investigación que diferencia la historia de las estructuras económicas sociales de la de los movimientos y conflictos sociales que resultan históricos, tiene consecuencias que influyen en los criterios de periodización y en la comprensión de la historia de las formaciones económicas y sociales que han existido, del nacimiento de identidades y otros rasgos necesarios para la construcción de los grandes grupos sociales y de la nación, de la historia de unos y la otra, y de los conceptos de luchas de clases, nación, socialismo y liberación nacional. En cierto número de aspectos, mi interpretación de la historia de Cuba difiere de la de otros historiadores, algo que es usual y conveniente. Muy distinta es la valoración que hago de creencias y usos acerca de nuestra historia que son tan repetidos como erróneos. Un ejemplo de estos últimos es la descalificación de la república burguesa neocolonial, a la que se le apoda “seudo” o se reduce a un rosario de maldades, con lo que se pierde la posibilidad de conocerla y se distorsiona la comprensión de la historia de los últimos cincuenta años hasta el presente. Otros dos temas a los que este libro presta especial atención son el de la nación y el de las razas y el racismo. Al primero me referí al inicio de esta introducción, y solo quiero agregar que la nación y el nacionalismo son ejemplos palmarios de la necesidad de que el historiador -y cualquier otro científico social- utilice también instrumentos de otras disciplinas para obtener conocimientos válidos en su propio campo. El vigor y el peso social de una nación pueden expresarse mediante mayorías que realizan una y otra vez actos que resultan inexplicables para el estudioso que confía demasiado en su terruño científico. La Historia no se ocupa solo de lo que racionalmente puede inferirse a partir de una masa de hechos, ideas de época y posiciones políticas.

Las construcciones sociales de raza y racismo en la historia de Cuba han sido un campo de trabajo muy importante para mí en los últimos quince años, lo que puede apreciarse en buena parte de estos textos. Atiendo siempre a las relaciones tan complejas y sostenidas en la historia cubana entre razas y nación, y entre libertad y justicia social, lo que permite, a mi juicio, comprender mejor todo el proceso histórico de estos dos últimos siglos, incluida la historia de la conciencia social y del pensamiento elaborado. El tema ha sido largamente tratado por nuestros historiadores y otros intelectuales, pero ha padecido mucho los efectos del racismo antinegro que caracterizó en sus inicios a la cultura cubana, quebrantado duramente, pero no abatido, por las revoluciones que crearon la nación, y con una historia republicana que no debe ser vulgarizada o desconocida. La Revolución socialista de liberación nacional produjo cambios positivos tan profundos en las personas y las relaciones sociales que abrió paso a una nueva época en la cuestión de las razas. Pero el racismo persiste, tan tenaz como elusivo, y encuentra asidero en viejas realidades y en nuevas diferenciaciones entre los cubanos. Como expresé arriba, expongo procesos e interpretaciones a la vez que juicios personales y proposiciones sobre el asunto que abordo, en este caso guiado por el antirracismo que considero indispensable en la posición revolucionaria socialista. Las ideas que tiene un historiador sobre su disciplina pueden advertirse sobre todo en sus textos, pero en “Combates por la Historia en la Revolución” y en cierto número de pasajes de otros trabajos de este libro expreso mis criterios sobre la ciencia histórica. Ellos se suman a los que he ido publicando desde hace cerca de dos décadas. Opino que esa práctica resulta muy necesaria, dadas las circunstancias actuales a las que me he referido en este texto, y sería desacertado dejarla a cargo solamente de una literatura docente o especializada. La Historia en Cuba necesita revisar y debatir críticamente su naturaleza, sus temas cardinales y sus funciones. El grado de desarrollo que ha alcanzado y las necesidades del país se lo reclaman.

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