Petróleo, poder y civilización. Prólogo

| Wim Dierckxsens

El libro Petróleo, poder y civilización, de Carlos Tablada, escrito en colaboración con Gladys Hernández, es un estudio accesible, de vasto contenido sobre temas de gran actualidad como la guerra por el petróleo, la lucha por el control sobre los recursos naturales, la batalla de las transnacionales por el mercado mundial y el papel de los medios de comunicación en la doctrina hegemónica.

Hilar una temática tan amplia en una sola publicación realmente constituye un gran reto. Aunque el libro se refiere a la guerra histórica por el petróleo, logra abordar con éxito las causas más profundas de la invasión anglo estadounidense a Irak; brinda un horizonte histórico y geopolítico de la lucha por los recursos naturales y el rol de las transnacionales y las principales potencias en el reparto del mundo que ello implica.

El estudio comienza con una breve y valiosa explicación de cómo y dónde se forma el petróleo y cómo se explota técnicamente, para luego brindar en el segundo capítulo un panorama sobre las reservas mundiales de petróleo y su producción y demanda actuales. Es muy atinado que los autores presenten el petróleo como uno de los recursos de energía natural y no como la fuente única pues este representa hoy el 40 % del total de la demanda de energía. La batalla por la energía no significa, entonces, una batalla exclusiva por el petróleo. En la Unión Europea se consume el 16 % de toda la energía mundial y se produce solo la mitad. Los países de la Unión Europea importan el 7 % de la producción mundial de carbón, el 10 % de la producción mundial de gas natural y no más que el 5% de la producción mundial de petróleo. En el mundo se producen y consumen en la actualidad diariamente unos 70 millones de barriles de petróleo. Del consumo mundial de petróleo, EE. UU. demanda casi el 30 % y solo es capaz de producir el 40 % de su propia demanda. El 60 % restante lo importa, lo que equivale al 18 % de la producción mundial. En otras palabras, importa tres veces y medio lo que importa la Unión Europea. La mitad de las importaciones estadounidenses proviene históricamente del Golfo Pérsico, donde se encuentra el 65 % de las reservas mundiales.

En el capítulo tres se hace un breve análisis del origen histórico y distribución actual de las transnacionales en el mundo. Se revela cómo han repartido el globo en zonas de influencia y dominio, sin dejarse regir, en apariencias, por regulación económica o ley alguna. Entre las grandes transnacionales se destacan las compañías petroleras. Históricamente se ha librado entre ellas una batalla por el mercado que ha conducido a la humanidad a enfrentamientos mundiales y regionales por el dominio de fuentes de materias primas. A inicios del siglo XXI se vislumbra una nueva batalla por ese reparto del mundo.

Los autores realizan en el capítulo cuatro un inventario por continente de los conflictos regionales en torno al control de las materias primas y, sobre todo, en torno al control del petróleo. En este contexto señalan las implicaciones geopolíticas del fuerte crecimiento en la demanda de petróleo de Asia en general y de China en particular. La proyección china de un oleoducto de Asia Central hacia el Océano Índico atravesaría a Afganistán o en su defecto a Irán. Las invasiones en Afganistán, Irak y posiblemente en Irán adquieren con ello un significado geopolítico. EE. UU. procura controlar los corredores energéticos que abastecerían a China. Otros mega proyectos estadounidenses buscan trazar un camino de transporte de petróleo desde las antiguas repúblicas soviéticas hacia el Sur para así romper el monopolio ruso sobre dichas fuentes a favor de intereses estadounidenses.

Ante los imperativos de una conflagración en la región islámica, América Latina adquiere importancia estratégica como suministradora vital de hidrocarburos para EE. UU. Los autores vinculan en el capítulo quinto el Plan Colombia, el Plan Puebla-Panamá, el Plan Nuevos Horizontes y el Corredor Biológico Mesoamericano con la militarización de las regiones latinoamericanas ricas en recursos naturales y sobre todo en recursos petroleros.

Otra cuestión interesante que revelan es que EE. UU. procura, en años recientes, liberarse de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), al comprar menos petróleo a los países miembros y más a México, Canadá, Angola y Ecuador, entre otros. El capítulo seis aborda el surgimiento y las estrategias petroleras de la OPEP a través de los últimos treinta años de su existencia y los tantos conflictos bélicos que se han librado en la región del Golfo Pérsico.

En 1973, Israel atacó a los palestinos y sus aliados árabes en la guerra del Yon Kippur. Derrotados los árabes decretaron el embargo del petróleo, que hizo que el precio del mismo se disparara. En 1978-1979, Occidente tropezó otra vez con un dilema similar a partir de la revolución en Irán. La década del 80 significó la consolidación de la OPEP, pero, a principios de la década del 90, Kuwait rompió los acuerdos a raíz de que fue invadido por Irak. A partir de esta invasión se desencadenó la Guerra del Golfo Pérsico que elevó el precio del barril por encima de los 40 dólares.

La Guerra del Golfo permitió a los países occidentales desestabilizar a la OPEP. A partir de la guerra, Occidente logra obtener, como se señala en el capítulo siete, una correlación de fuerzas en la región a favor de EE. UU. Los precios del barril cayeron lentamente, pero en 1999, la organización decidió recortar su producción para elevar las tarifas.

A partir del año 2000 la economía norteamericana entra en una fase recesiva en un contexto de recesión a nivel mundial. Con ello, el reparto del mundo se torna más agresivo. A comienzos del 2001, a raíz de la caída de las Torres Gemelas, suenan los tambores de guerra. La invasión en Afganistán tuvo que detener el avance de los intereses chinos en el transporte de petróleo. La lejanía de los yacimientos de petróleo durante una guerra, sin embargo, se revelaba como un factor estratégico que iba en contra de EE. UU. Ante ello, se impone una estrategia que permitiría garantizar un mayor control sobre el petróleo de sus vecinos más cercanos (México y Canadá), aunque no tanto en Venezuela.

Llegando a esta altura del libro, el lector espera en el capítulo ocho que la invasión anglo estadounidense en Irak responda a una nueva estrategia para apoderarse del petróleo. No hemos presenciado, sin embargo, una guerra por el petróleo, afirman los autores. Estamos viviendo un nuevo conflicto entre grandes potencias por el reparto del mundo, incluyendo a China y a las antiguas repúblicas soviéticas. La actitud del gobierno iraquí de firmar convenios con Francia, Rusia, y China para la futura explotación del petróleo una vez que se levantase el embargo que se aplicó a Irak a raíz de la Guerra del Golfo, sin lugar a dudas fortaleció el interés de EE. UU. por eliminar a Saddam Hussein. Saddam o los armamentos de destrucción masiva no han sido argumento de peso. La invasión en Irak tiene un fondo más profundo que el mismo petróleo: lo que está en juego es una guerra entre EE. UU. y Europa, por el momento en cancha ajena.

El euro ha venido a agravar la ya inestable situación financiera del dólar, y cualquier acción que implique un fortalecimiento del euro pone a los intereses financieros estadounidenses en tensión. Este elemento, subrayan los autores, ha sido determinante en el conflicto con Irak. Si la OPEP como grupo decidiera seguir el ejemplo de Irak y empezara a negociar el petróleo en euros y tuviera las reservas internacionales en esa misma moneda, podría producirse una desestabilización financiera, ya que los países consumidores de petróleo tendrían que hacer salir sus dólares de las reservas de sus bancos centrales y reemplazarlos por euros. El valor del dólar caería estrepitosamente y habría una huida de los bancos de los activos en dólares como en 1930. EE. UU. espera poder frenar semejante escenario terrorífico y beneficiarse con la guerra al cobrarla a cuenta de las demás naciones. Los pronósticos en el mediano plazo de los autores sobre los efectos de una guerra son una profundización de la recesión mundial y una crisis generalizada del capitalismo como sistema.

El reparto del mercado mundial entre transnacionales y mediante acuerdos multilaterales ha sido acompañado durante la década del 90 por un pensamiento único y neoliberal, como revela el capítulo nueve. La manipulación de la opinión pública por los medios de comunicación concentrados en escasas manos transnacionales no tiene precedente en la historia. Estados completos han perdido la capacidad de generar o incluso controlar la información que reciben sus ciudadanos.

Los medios de comunicación en torno a la Venezuela de Chávez, por ejemplo, han divulgado solo aquella información que respondía a los intereses transnacionales de EE. UU. Los medios forman parte de la guerra sucia. La imposición del pensamiento único sobre la opinión pública, sin embargo, se ha podido romper a partir de Seattle (1999), Génova (2001) y Porto Alegre (2001 al 2003). El monopolio informático se desmorona sobre todo a raíz de la fuerte crisis de legitimidad que se da después de la invasión en Irak.

La creciente crisis de legitimidad genera opiniones opuestas incluso entre las principales potencias y cambia el modo en que se refleja la realidad en los medios de comunicación. Cuando se vislumbra en el libro la utopía de otro mundo más legítimo, los autores cierran con un capítulo sobre necesidad de reivindicar energías alternativas al petróleo que se orientan más hacia los valores de la vida misma como la energía eólica y solar.

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