Petróleo, poder y civilización. Prefacio

| François Houtart

La obra de Carlos Tablada aborda un sujeto de actualidad que se encuentra en relación con lo que algunos califican como “neoliberalismo armado”. En efecto, no resulta para nada asombroso que el papel central que tiene el petróleo en las políticas energéticas explique también el rol que ha desempeñado este en las economías nacionales e internacionales. Esta es la razón por la cual podemos comprender que las consecuencias de las dos crisis petroleras se sintieran con mucha profundidad en todo el sistema mundial. Ellas tuvieron efectos directos e indirectos, no solamente sobre el precio del petróleo, sino también sobre las tasas de intereses, la especulación financiera, las inversiones extranjeras y la deuda del Tercer Mundo, entre otros.
Existe también otra razón que sobrepasa el valor de uso del petróleo. En la lógica mercantil, tal recurso debe ser también concebido como factor de acumulación, y este aspecto se convierte en un punto central para su explotación. El valor de cambio se vuelve predominante y, en consecuencia, los demás aspectos, tales como la racionalidad en su uso, la existencia de recursos energéticos alternativos o las consecuencias negativas ecológicas, sociales o políticas, pasan a un segundo plano. De ello resulta que las rivalidades por el control de la producción y de la distribución del petróleo no tengan solamente como causa la satisfacción de las necesidades energéticas, a pesar de lo imperiosas que puedan ser en la actualidad, sino también la plusvalía que permiten generar. Comprendemos entonces que la propia dimensión del sector en la economía mundial actual resulte ser la causa de la eclosión de empresas transnacionales muy poderosas, de controversias a propósito de la soberanía de los Estados acerca de sus riquezas naturales, de competencias feroces entre firmas, de ventas en casos de privatización y de corrupción institucionalizada.
En el campo ecológico las consecuencias son dobles, tanto en el plano de la producción como en el plano del uso. Los efectos negativos de la producción son bien conocidos: destrucción inmediata del medio ambiente, contaminación de ríos y afluentes, daños en la flora y la fauna, ataques a la biodiversidad. Pero no solo la explotación del petróleo es causa de problemas, sino también su transporte a través de los oleoductos. Ellos son altamente destructores del medio ambiente.
Por otra parte, los efectos sobre el clima y la calidad del medio ambiente que tiene la utilización del petróleo son bien conocidos: CO2, efecto invernadero, capa de ozono, etc. Ciertamente, otros recursos energéticos son también dañinos, como por ejemplo el carbón. Pero el uso industrial del petróleo y su rol central en los medios de transporte han sido una de las principales fuentes de contaminación en el mundo. Los llamados a la conciencia no han tenido los efectos esperados ante la catástrofe anunciada. Los intereses petroleros han logrado bloquear las decisiones políticas gracias al poder de su lobbying. La negativa de EE.UU. de ratificar el Protocolo de Kyoto es un ejemplo en este sentido. Los propios lobbies retardan la aplicación de sus nuevas tecnologías, sobre todo en lo que respecta al sector del automóvil, y frenan el desarrollo de las energías naturales, a menos que ellas resulten ser también fuentes de acumulación.
Estas situaciones deben ser relacionadas con el modelo de desarrollo “energívoro” que la lógica del capitalismo ha privilegiado. El progreso ha sido identificado con el crecimiento, por lo que se ha convertido en una condición necesaria para la supervivencia del sistema económico. El productivismo, en consecuencia, pasa a ser un valor central, incluido el agrícola, y el cálculo económico es la única norma de organización colectiva en las sociedades. Todo ello ha contribuido, bajo una cubierta de racionalidad y de modernidad, a convertir la explotación de las riquezas naturales en algo que ha eliminado de la cultura el respeto por la naturaleza. Estamos forzados a retomar este principio, porque con el ritmo actual necesitaremos dentro de poco tiempo varios planetas para poder soportar las prácticas depredadoras del modelo económico en vigor, sobre todo en lo que respecta al dominio de la energía. En el plano humano y social, el desastre no resulta menos impresionante. De entrada, están las condiciones de la explotación petrolera, que cuando no es off shore, extermina las actividades económicas de las poblaciones locales, destruye a grupos sociales y desemboca incluso en masacres. Poblaciones son desplazadas y sus reacciones reprimidas, a menudo en conciliábulos con regímenes políticos autoritarios. Al igual que en el resto de la historia capitalista, la maximización de la ganancia domina los objetivos, y solo después de fuertes presiones, internas o externas, es que el factor humano resulta considerado. Una vez más, se verifica que el capitalismo es “salvaje” cuando puede y “civilizado” cuando debe.
Habría que añadir también que el efecto social de la renta petrolera es generalmente muy negativo. O bien ella resulta absorbida principalmente por el exterior o se concentra en las manos de un reducido grupo de personas. De ello se deriva una dualidad en las sociedades, con los conflictos internos que esto suscita, tales como los de Venezuela, o Nigeria, o los países del Golfo, en los cuales una migración asiática (India, Pakistán, Sri Lanka, Filipinas, Palestina) brinda el grueso de la mano de obra subalterna en condiciones sociales lamentables (ausencia de grupos familiares, entre otras). El nacimiento de grupos mafiosos es un hecho, los cuales actúan frecuentemente en contubernio con las grandes empresas transnacionales del petróleo (Fina, Elf, etc.).
Todo esto conduce a que el verdadero desarrollo, creador de bienestar para el conjunto de la población, se vea mutilado. Los mecanismos de la renta petrolera crean el alza de los precios locales y solo favorecen a algunos sectores económicos bien precisos (la construcción, por ejemplo), en tanto que debilitan a los otros. Habría que añadir que numerosos actores políticos locales se aprovechan de los beneficios que reporta el petróleo, construyendo, de esta manera, un poder económico y político interno y acumulando fortunas en los paraísos fiscales del Norte. Las empresas petroleras no vacilan en recurrir a los servicios de las fuerzas de represión de los regímenes en el poder mediante el financiamiento (Shell en Nigeria, Fina en Birmania, Elf en Camerún, etc.), o en suscitar revueltas armadas contra los regímenes que no les resultan favorables (Elf en el Congo-Brazzaville).
Los países occidentales que albergan a las empresas transnacionales del petróleo se encuentran también y a menudo implicados en estas operaciones. Ellos se alían con los poderes autoritarios o dictatoriales en la medida en que estos favorezcan a sus empresas o a sus intereses nacionales. Ejemplo de ello es el caso del Medio Oriente y también de numerosos países africanos. Pero también Occidente nunca ha vacilado en intervenir directa o indirectamente para revertir o desestabilizar a los regímenes políticos desfavorables. Estos han sido los casos de Mohammad Mossadegh, en Irán; de Saddam Hussein, en Irak; de Pascal Loussiba, en el Congo-Brazzaville o de Hugo Chávez, en Venezuela.
Luchar contra los abusos, denunciarlos con precisión y solidarizarse con las víctimas es muy importante. Nunca será suficiente repetir que el rol deslegitimador es esencial frente a una opinión pública que está muy lejos de haber interiorizado todos los elementos de esta problemática. Pero esto no resulta suficiente. Hemos ya señalado algunos de los resultados obtenidos gracias a las acciones concretas. Sin embargo, es necesario seguir trazando de mejor manera el terreno de las alternativas. Estas se sitúan en diferentes dominios. En primer lugar, hay que señalar el desarrollo de las energías renovables. Las inversiones en este dominio están muy por debajo de las necesidades. En una perspectiva de bien común de la humanidad, podríamos consagrar una parte de la renta petrolera a financiar investigaciones y experimentos. Los pobres esfuerzos que se han hecho en esta dirección, sobre todo por parte de las compañías petroleras durante los períodos de crisis, han sido más en el sentido de la operación publicitaria que en el de un verdadero cambio de orientación.
Las nuevas técnicas de utilización de la energía deberían también ser ob-jeto de iniciativas más audaces. A menudo frenadas por los lobbies, en la actualidad son el centro de las ambigüedades de la política de patentes de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En efecto, las aplicaciones de estas pueden ser retardadas en los países de bajos ingresos por la falta de medios, en los casos en que no son compradas por las grandes empresas para evitar que sean puestas en práctica. Por el contrario, un real esfuerzo ha sido llevado a cabo en el desarrollo de tecnologías menos onerosas en energía (en el sector del automóvil, por ejemplo) cuando ha explotado el precio del petróleo, lo que prueba que es posible inducir transformaciones.
El respeto de los derechos individuales y sociales debe presidir toda iniciativa económica, y códigos de conducta, elaborados con los actores involucrados (organizaciones de trabajadores, representantes de las poblaciones, Estados locales), verificados por órganos independientes y sancionados por una Corte Penal Internacional contra los crímenes económicos que, permitían crear mejores condiciones sociales para la explotación de los recursos energéticos y del trabajo. Revisar las normas internacionales del derecho de los negocios es también una importante tarea, capaz de abrir nuevas vías.
La transformación del modelo de desarrollo es, evidentemente, el objetivo final. Ello concierne tanto a las opciones sobre la energía como a los modos de consumo. De ahí surge la necesidad de una reflexión fundamental y de una voluntad política común que pueda definir las etapas. Este punto podría estar en la agenda de las instancias políticas nacionales, regionales (Unión Europea, Asia, Mercosur.) e internacionales (Naciones Unidas). La reflexión debería versar acerca de la filosofía del desarrollo, sus objetivos, sus medios y sus etapas. En cada país una comisión nacional podría, en un plazo determinado, elaborar los principios que respondan a la pregunta: En el marco actual y futuro del planeta tierra, ¿qué tipo de desarrollo deseamos tener para el conjunto de los seres humanos?
La universalidad de la iniciativa permitiría que contribuyeran a ello los numerosos movimientos sociales que aspiran a crear nuevas condiciones de existencia y todas las grandes tradiciones de pensamiento, tanto del Oriente como del Occidente. Podría también reunir a tales actores en una perspectiva de grandes regiones del mundo y en el plano internacional. Aunque definiendo la utopía, estas comisiones llegarían a proposiciones de acción. Como la puesta en práctica de nuevas orientaciones requiere una doble exigencia, técnica y política, las etapas de realización podrían ser propuestas por grupos de especialistas y traducidas políticamente por los Parlamentos.
Resulta, en consecuencia, fundamental, analizar este problema en profundidad y la obra de Carlos Tablada constituye una contribución en este sentido.

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