Guerra global, resistencia mundial y alternativas. Prólogo a la edición cubana

| Aurelio Alonso

En los años setenta lo novedoso parecía ser el despliegue de la imaginación sobre el porvenir. Alvin Toffler puso de moda esa corriente que por entonces se ganó la credencial de Futurología. Y entre los futurólogos, aquellos que se supieron montar en el ritmo de los cambios de la revolución tecnológica en las comunicaciones y el transporte, lograron hacerse eco. Se aseguraba que las sociedades serían rápidas o lentas y las probabilidades de éxito se concentrarían en las primeras. No eran definiciones suficientes, pero sí atisbos bien orientados. También se aprovechó de esta avidez por las lecturas del cambio una imaginación mercantilista poco escrupulosa, pero no es lo que nos interesa ahora. La Futurología en aquel estilo ha pasado de moda ya.
Los grandes espacios de las relaciones sociales permanecieron menos susceptibles a la predicción que los de las fuerzas productivas. Casi todos erraron la evaluación del curso de la historia. Los capitalistas de inspiración más tradicional no hubieran podido tomarse en serio entonces los efectos que tendrían las dinámicas que veían producirse desde mediados de los setenta en la economía mundial. Los reformistas socialdemócratas, en pleno auge, apostaban por el trilateralismo junto al sector más liberal de la política y la academia norteamericana, donde algunos lo veían como un fatum . Los marxistas vivíamos la ilusión de la “irreversibilidad del socialismo”, aun los menos simpatizantes del dogma staliniano, y los más escépticos en relación con la superioridad de los logros económicos de la URSS, el dictado de la crisis general del capitalismo, y la fe en la victoria económica sobre Occidente en el terreno de la “coexistencia pacífica”.

La conjunción de la implantación del reordenamiento neoliberal del mundo y el derrumbe socialista ha sacudido todos los esquemas de pensamiento y también nos ha forzado a mirar hacia futuros aceleradamente presentes, marcados por la incertidumbre y las desvalorizaciones. Pasó el tiempo de los futurólogos tecnocéntricos.

Me atrevería a decir que quienes se aventuran hoy en la empresa de articular una reflexión ordenada e integral, quienes procuran coherencia de ideas, enfoques holísticos, perspectivas sistémicas, han ido conformando cuatro tendencias más o menos diferenciadas. La primera sería la de los apologetas, desde Francis Fukuyama y el anuncio del “fin de la historia”, tendencia que cada día parece tener menos que decir. Al margen del grado de erudición o de brillantez retórica, se percibe hoy en ellos el sabor inconfundible de una nueva escolástica.

La segunda, la de los que, sin dejar de comprender la alteración de escenarios y la necesidad de cambio, no admiten propuestas que impliquen sortear la lógica del capital. Tampoco la veo como una corriente de un signo único. Podría incluir posturas distantes entre sí como las de Soros y Stigliz. Normalmente son los que tienen la mayor claridad sobre el terreno en el cual quieren que caigan sus propuestas -el sembrado que quieren abonar- independientemente de que sean propuestas sensatas o no. Por aquí andaría todo el arco de las alternativas capitalistas al neoliberalismo.

Reuniría yo, en una tercera corriente, a una suerte de buscadores perplejos, productores a menudo, más o menos erráticos, de nuevas ilusiones. Entusiastas de la semántica que confunden la necesidad real de evaluación y reelaboración crítica de los aparatos conceptuales de la ciencia social con una ingeniería del lenguaje, como si se pudieran proveer soluciones con sólo volver a nombrar las cosas. No cito más nombres porque esta elaboración no tiene aquí un fin en sí, pero estoy seguro que un lector actualizado y agudo no pasará trabajo en encontrar ejemplos. Es una canasta ésta muy peligrosa, porque lo mismo nos podemos entusiasmar con un espejismo, que subestimar una lectura profunda cuando nos resulta poco asequible.

Finalmente, la cuarta corriente, la de los que quieren desentrañar la realidad mirando críticamente, con una mirada muy fija, hacia soluciones poscapitalistas. Su primer desafío es el de la viabilidad de las propuestas, tomando en cuenta que los modelos del socialismo del siglo xx navegaron con tan poca suerte y tan poco acierto. Dar en el clavo con el poscapitalismo, apuntar a su superación aunque sea por caminos complicados, es la pista que persiguen los que se involucran en esta empresa analítica. Siempre con el consuelo de que en el peor de los casos los reveses no harían más que incluirlos en la lista de derrotados de una causa invencible. Varias generaciones confluyen con obra-pensamiento, y con su quehacer político y social abnegado en esta dirección.

Guerra global, resistencia mundial y alternativas se inscribe precisamente, de manera inequívoca, en esta cuarta corriente. Sus dos autores llevan años dedicados a estos temas y cuentan por separado con una cantidad considerable de publicaciones. El sociólogo holandés Wim Dierckxsens ha vivido y trabajado por décadas en Centroamérica y desde hace varios años forma parte del grupo de estudiosos formado por Franz Hinkelammert en el Departamento Ecuménico de Investigaciones en Costa Rica, con la revista Pasos como vía de expresión, en la cual ha publicado en los últimos años, con excelente acogida, sus críticas más significativas al capitalismo mundializado.

El otro autor, el economista cubano Carlos Tablada, que cuenta también con una importante producción sobre la actualidad cubana y mundial se desempeña como redactor de la revista Alternatives Sud. Tablada es el autor de El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara , resultado de un serio esfuerzo investigativo desplegado a lo largo de un período en el cual la homogeneización y la grisura de la lectura más escolar y pedestre del marxismo cerraba los espacios a la creatividad. Guevara se había convertido solamente en un símbolo de la abnegación, la austeridad y la generosidad revolucionaria, exaltado desde el punto de vista ético, pero silenciado en el plano del pensamiento. El ensayo de Tablada irrumpió en un escenario en el cual las fórmulas del dogma soviético entraban en crisis, ganó el premio de ensayo de Casa de las Américas en 1987 y en el 2001 ha alcanzado su vigésima octava edición. Con casi medio millón de ejemplares impresos es una de las obras de la ensayística cubana de la Revolución que mayor circulación ha tenido. Y parejamente, de una indiscutible significación en el despliegue de los estudios guevarianos que proliferaron en los noventa, y han formado ya una tradición.

El libro que llega ahora a manos del lector contiene un ambicioso recorrido en 13 capítulos ordenados en cinco secciones definidas temáticamente. Aunque la exposición no sigue un orden histórico, y las secuencias de acontecimientos quedan enmarcadas en los capítulos y los epígrafes, más que en la trama integral, hay que observar que las tres primeras secciones configuran un abordaje diagnóstico, en tanto las dos secciones finales nos ponen de cara a los desafíos y a la urgencia de la reconstrucción de paradigmas. Combina sin dificultad el texto, en su conjunto, dos planos del discurso: el de las apreciaciones teóricas y el de la descripción puntual de los hechos.

El resultado es una obra dirigida a varios públicos. No sólo al experto, que sin dudas va a encontrar utilidad y disfrute leyéndola, sino también a un público más numeroso, no especializado, pero dotado de un hábito de lectura y una avidez de saber que la Revolución ha sabido formar. Pienso que este lector más extendido, en cuanto remonte algunas reflexiones económicas indispensables de los primeros capítulos, va a interesarse también en el libro. Sobre todo por lo explicativo que resulta el estilo de no circunscribir algunos de los tópicos a los epígrafes puntuales, sino aplicar la técnica del retorno a los mismos oportunamente. Por ejemplo, cuando los autores anuncian, en la sección final, que una nueva utopía se gesta en Porto Alegre, el lector llega advertido ya, desde páginas anteriores, del extraordinario significado del Foro Social Mundial como síntesis y nuevo escalón de los movimientos sociales cuyo impacto de resistencia ha venido consolidándose a lo largo de la segunda mitad de los años noventa.

Sugiero ahora volver a lo que nos entrega el título: Guerra global… es la constatación primaria de que no vivimos en un mundo de paz. Algunos autores creen que se trata de la tercera guerra mundial, que Samuel Huntington ha vaticinado con el Oriente. Otros autores que consideran a la G uerra F ría, la tercera, sugieren que comenzó la cuarta. Tablada y Dierckxsens han utilizado el término de “guerra global”, que fijaría una distinción con relación a las dos confrontaciones mundiales del siglo xx . En cualquier caso nos hallamos ante un modelo de conflicto bélico sin precedentes.

Hoy, muchas de las brillantes aseveraciones de Klausiewicz parecerían tener que ser revisadas. El poderío militar de EE.UU. hace que desde el punto de vista logístico se conozca de antemano donde estará la derrota. La superpotencia, sin necesidad de atender por el momento a cuestionamiento alguno, diseña guerras cortas, con el mínimo de pérdidas humanas para que el ganador, predeterminado, no sufra costos humanos. El capítulo II es definitorio en lo que se refiere a la implantación de una economía de guerra, donde nos muestra el extraordinario poder del complejo militar-industrial en el circuito del capital transnacional, el peso del comercio de armas y la implantación de mecanismos de transferencia de los gastos militares a terceros países. Todo se tiñe de logística, incluido el punto de tensión con los aliados europeos: “la guerra entre el euro y el dólar”. El hecho es que Afganistán e Irak no representan conflictos locales sino los dos episodios armados iniciales de un estado de guerra.

La guerra no es sólo ya la extensión de la política, sino que se vincula también de manera directa al mercado, a los circuitos de las finanzas, y a todo el entramado del conjunto socioeconómico.

Desde estos supuestos que se ajustan muy bien a la explicación de la realidad de hoy, recorreremos los significados del etnocidio, del neofascismo, con el auge y caída del IV Reich, como lo quieren llamar los autores, y la expresión dicotómica de una “guerra sin fin” y el “fin de la guerra”.

En los términos en los cuales los contenciosos bélicos han dejado de ser tales para quedar polarizados en la determinación de una de las partes, la guerra deviene terrorismo de Estado, por lo cual las alternativas de solución del terrorismo no pueden pasar por el terror sino por su superación. Podemos reconocer con los autores, que “el terrorismo golpea a los inocentes a causa de los pecados de los invulnerables”, lo cual lo deslegitima en cualquiera de sus manifestaciones, ofensiva o defensiva, estatal o de resistencia, del poderoso o del desesperado.

Pero el terror oficial vuelve a alimentar invariablemente el germen de la reacción terrorista. Privado de medios para defenderse, oprimido, despojado de sus bienes, de su dignidad nacional, ¿qué le queda como respuesta a quien llega a ese punto de humillación y desamparo?; ¿qué arma puede necesitar que no pueda ingeniarse él mismo, cuando hacer pagar su sufrimiento con la vida (la del otro o la propia, porque el suicidio también es un acto de terror) se convierte en una obsesión incurable? Pecados que al final pagan los inocentes. En el fondo, los inocentes pierden con todas las intransigencias: son las víctimas de la acción terrorista, pero también lo son de la cruzada de castigo que se desata en su contra. Inocente es, en el fondo también el soldado que combate, pagando con su vida las culpas de quienes desatan las guerras. La mano que mata no es sino el instrumento de quienes diseñan y dirigen las estrategias de la muerte.

Desde el terror no hay fórmula posible de disuasión. El momento propicio para la fórmula de la disuasión pasó sin éxito simplemente porque Washington no lo quiso. La disuasión no es posible armándose mejor las partes en conflicto, sino desde el desarme. Después de algunos años de esfuerzos infructuosos Moscú, cuando los costos de la carrera de armamento se habían convertido ya en la lápida de una economía ineficiente, decidió desarmarse sin fijar condiciones, y exhibirlo como un acto de buena voluntad, al cual la otra parte no hizo el menor caso. Washington siguió incrementando los presupuestos militares.

¿Es literalmente absoluto el poderío militar del imperio? Existe una diferencia clara entre no volverse a dejar llevar por las ilusiones y creer que nos hallamos ante un callejón sin salida. Habrán sido despojados los pueblos de capacidad para opinar e identificar sus propios intereses, sometidos a la atracción perniciosa de los lovemarks. Porque en última instancia las alternativas se alinean siempre en dos direcciones: conformarse o resistir.

Pongo aquí punto final, a riesgo de omitir cosas, a mis consideraciones sobre el libro de Tablada y Dierckxsens, para no interferir más allá en la aventura insustituible de la lectura, patrimonio irrenunciable de quien decide recorrer las páginas, con el impulso de prologuistas e introductores, o a pesar de ellos.

La Habana, 2 de noviembre del 2003.

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