Guerra global, resistencia mundial y alternativas. Prefacio

| François Houtart

La obra de Carlos Tablada y Wim Dierckxsens posee el mérito de relacionar el desarrollo actual del capitalismo con aspectos concretos de la vida cotidiana de las personas y con la guerra, develando la lógica común que relaciona a estos elementos, los cuales tenemos el hábito de separar y analizar de manera aislada.

Hoy día insistimos con vehemencia en la mundialización del sistema capitalista, porque a pesar de que éste haya sido siempre imperialista por naturaleza, la mundialización es una nueva dimensión del fenómeno. En efecto, ya no se trata, como en los tiempos del capitalismo mercantil, de conquistar espacios, ni se trata de establecer colonias como en los tiempos en que el capitalismo industrial buscaba materias primas y mercados inmediatos. En la actualidad, el capitalismo no tiene necesidad de colonias, porque existen otros mecanismos a través de los cuales se ejerce el control de los recursos y de los mercados, sobre todo a través de las políticas monetarias y del capital financiero. Los instrumentos jurídicos necesarios existen en el plano internacional, a pesar de la deriva (natural en la lógica económica del capital) que han tenido instituciones internacionales, tales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), a partir del Consenso de Washington.

Uno de los principales efectos de la nueva situación es integrar al conjunto del planeta en el mecanismo de la acumulación. En este sentido, nos gustaría aprovechar la utilización que hizo Marx del concepto de sumisión formal en oposición con la sumisión real del trabajo al capital. Recordemos brevemente este razonamiento. La sumisión (o modo de subordinación) es real, cuando el régimen de dominación y de subordinación se sitúa en el propio seno del proceso de producción, es decir, en una relación directa que Marx denomina sociopolítica. Por el contrario, la sumisión formal es una condición indirecta ejercida por el dominio de las condiciones de trabajo. Ambas sumisiones se corresponden con maneras diferentes de extraer el excedente del producto del trabajo y de contribuir, de esta manera, a la acumulación de capital.

Marx utiliza este concepto para explicar un proceso histórico, el del paso (o transición) en Europa de los modos de producción precapitalistas al modo de producción capitalista, para ser más precisos, el paso de la manufactura a la empresa industrial, como consecuencia de la división del trabajo. Aunque resulta impropio extrapolar en teoría una forma histórica, por el contrario, no está prohibido retomar un concepto y actualizarlo para tratar de sobrepasar lo que podríamos calificar como un enfoque descriptivo.

Recordemos, de entrada, que el capitalismo siempre ha sabido utilizar formas preexistentes (arcaicas, diría Marx) de producción y que incluso ha contribuido, en determinadas circunstancias, a darles nueva vida. Ése fue el caso en el siglo xix de la propiedad feudal en Rumania para la producción de trigo o el del esclavismo en la economía de plantaciones en América. En la actualidad, tan asombroso como pueda parecer, el capitalismo se ha convertido en un modo dominante universal sin que su proceso de acumulación implique de ninguna manera la integración del conjunto de los trabajadores en una relación directa capital-trabajo, es decir, en un régimen de asalariados. Por el contrario, la mayoría de la población activa en el mundo (incluyendo a las mujeres que trabajan a domicilio para “la reproducción de las fuerzas de trabajo”) no es asalariada. ¿Ello quiere decir que no está sometida ante el capital?

La respuesta a esta pregunta es no. La lógica del capitalismo, es decir, la ley del valor, se ha impuesto a escala universal. Éste es el sentido contemporáneo del concepto de globalización y es la razón por la cual las actuales convergencias de los movimientos sociales de resistencia han recibido el calificativo de antimundialistas o de altermundialistas. La sumisión formal se realiza a través de numerosos mecanismos. Ellos son principalmente de dos tipos: financieros y jurídicos. En el primer caso, podemos citar la importancia creciente del capital financiero, la especulación, los p araísos f iscales, los mecanismos de fijación de precios, las exigencias de retribución de capitales a corto y mediano plazo, las políticas monetarias, la deuda externa, el rol preponderante de los organismos financieros internacionales y los condicionamientos para acceder a los créditos por imposición de los p rogramas de a juste. En el segundo caso, se trata de las normas jurídicas que refuerzan la ley del valor, tales como la privatización de los servicios públicos y de ciertos sectores de la seguridad social, la reducción del Estado de Bienestar (Welfare State). Tales normas se imponen también internacionalmente, sobre todo a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la cual es responsable de un verdadero nuevo orden jurídico internacional al servicio del capital y que entra en contradicción con los derechos de los pueblos (como es el caso de los acuerdos Trips sobre la propiedad intelectual).

Estos diversos mecanismos contribuyen a extraer el máximo de riquezas y, de manera directa o indirecta, afectan la parte de los ingresos del trabajo en el producto social. Podemos aplicar, en este caso, el concepto de sumisión formal porque, en efecto, no es en el propio seno del proceso de producción que se produce la condicionante, sino más bien en la creación de condiciones que les impiden a aquellos que viven del trabajo, es decir, al conjunto de la población activa concernida, acceder a los recursos creados. No es entonces una sumisión directa del trabajo sino indirecta. En efecto, agotar a un Estado con los pagos de la deuda le impide llevar a cabo políticas de redistribución de los ingresos, le impide realizar inversiones sociales y culturales colectivas e incluso le impide reforzar las medidas de seguridad social. La imposición de los planes de Ajuste Estructural implica los mismos efectos. En cuanto a las normas de la OMC a favor de la liberalización del comercio, las cuales ignoran que el mercado es una relación social y que el mercado capitalista es necesariamente una relación desigual [es suficiente recordar el gráfico del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que ilustra el reparto de los ingresos en el mundo, la copa de champaña], lo único que hacen es reforzar este proceso.

Habría que añadir, sin embargo, una reflexión suplementaria, la existencia de una categoría de seres humanos que escapan casi por completo de la ley del valor y de otra categoría que sólo tiene, de modo marginal, la posibilidad de crear un valor añadido que el capital puede utilizar para sus intereses. Para los primeros, que viven del trueque, de la mendicidad o de la asistencia humanitaria, el caso está claro para el sistema. Hay que crear, tal y como dice Michel Camdessus, antiguo director del FMI, una tercera mano, al lado de la mano invisible del mercado y de la mano reguladora del Estado, hay que crear la mano de la caridad. Para los segundos se desarrolla otro escenario. Incapaces de contribuir con validez a la acumulación de capital, son abandonados a sí mismos, en el mejor de los casos para engendrar una economía de sobrevivencia (sector informal) y en el peor de los casos, sucumbiendo ante las enfermedades, la violencia entre ellos mismos o las guerras. Ambos constituyen lo que Suzan George llama “las multitudes inútiles”. Ahora bien, se trata de víctimas del sistema y de su lógica y no de un determinado retraso en el desarrollo que hay que eliminar, algo que ha sido bien puesto en evidencia por Samir Amin.

La realidad social es dialéctica, porque se trata de relaciones entre actores sociales y no entre “cosas”, tal y como la lógica del capitalismo tiende a afirmar y a establecer, reduciendo la sociedad a su carácter mercantil. De ahí el nacimiento de resistencias que se manifiestan bajo la forma de movimientos. Sin duda, no fue el capitalismo quien inventó todas las contradicciones de la historia. La desigualdad en las relaciones entre los hombres y las mujeres existía mucho antes de que éste se impusiera como lógica de la organización de la economía. La conquista de territorios en búsqueda de ventajas económicas o políticas no comenzó con el capitalismo. La extracción del excedente por parte de grupos o de clases sociales específicas se desarrolló desde que fueron sobrepasadas las sociedades de linaje. El papel de la lógica capitalista consistió en desenclavar la economía de la sociedad, según el concepto de K. Polanyi, integrando poco a poco las actividades colectivas a la ley del valor (por ejemplo, los servicios públicos deben ser rentables, en consecuencia privatizables, y por lo tanto capaces de contribuir ellos también a la acumulación de capital). La constante búsqueda de nuevas fronteras caracteriza a esta lógica, pero ella se enfrenta a dos obstáculos, el impás ecológico por una parte y las resistencias sociales por otra. Los grupos portadores del proyecto capitalista han logrado absorber cierto número de contradicciones del primer tipo: el reciclaje de los desechos se ha convertido en una actividad rentable y la aplicación de nuevas tecnologías de producción y de consumo ha resultado ser una fuente de provechos, pero existen límites. En cuanto al segundo, el de las resistencias, ellas han sido objeto, por una parte, de una reapropiación semántica (utilización de los mismos conceptos pero transformando su sentido: s ociedad c ivil, descentralización, autonomía, participación, etc.), por otra parte, de tentativas de captación (asociadas a los programas de lucha contra la pobreza, invitación a participar en el Fórum de Davos, etc.) o finalmente, de represiones jurídicas, policíacas o militares.

El capital busca en la actualidad nuevas fronteras para su acumulación. Podemos citar tres fundamentales en el futuro. De entrada, los pequeños campesinos, a los cuales hay que introducir en el mercado, con el fin de transformar la tierra en mercancía en los lugares en que aún no lo es, de mundializar la agricultura productivista bajo los modelos de la tríada (EE.UU., Europa, Japón) y de transformar a los campesinos en mano de obra barata para los capitales que buscan mayor rentabilidad. La segunda está constituida por los servicios públicos. Hay en este sentido una fuente de enorme potencial, porque las aspiraciones a la salud y a la educación están en crecimiento en todas partes y porque los otros servicios públicos se han convertido en indispensables (electricidad, teléfono, transporte público, etc.). En tercer lugar, se trata de la biodiversidad, en función de las transformaciones en ciertas ramas de la industria, sobre todo en la farmacéutica.

El capitalismo espera, conquistando estas nuevas fronteras, poder remediar las crisis cíclicas que lo afectan en la actualidad, sobre todo en lo que respecta a la gran fragilidad de sus capacidades de acumulación. Pero esto está lejos de ser suficiente. La nueva fase del capitalismo es el neoliberalismo armado, el cual le garantiza evitar todo lo que podría oponerse al desarrollo de su lógica y pesar la competencia interna del sistema. Todos los grandes proyectos de liberalización están acompañados por el establecimiento de bases militares y una gran parte de los conflictos locales que se han desarrollado después de la Segunda Guerra Mundial están vinculados con el control de las materias primas o de zonas geoestratégicas.

Éstas son las razones por las cuales, para trazar las bases de una transformación del futuro de la Humanidad hacia una mundialización diferente, resulta indispensable disponer de nuevas herramientas de análisis y de conocimiento. A partir de éstas, ejemplo de lo cual es la presente obra, podremos lograr construir una nueva lógica económica.

Louvain-la-Neuve

4 de octubre del 2003

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