El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara. Prólogo a la edición príncipe Casa de las Américas, 1988

| Fernando Martínez Heredia

En medio del proceso de rectificación de errores y profundización de la lucha por el socialismo en Cuba aparece, en buena hora, este libro sobre el pensamiento económico del Che. La herencia de los grandes revolucionarios, a diferencia de los grandes burgueses, puede dividirse cada vez entre más personas y pueblos, crece incluso en silencio, se multiplica en las experiencias de las luchas de los pueblos; además, no puede ser dilapidada. Y la herencia del Che tiene todas esas características. Por eso la divulgación y los estudios sobre su pensamiento resultan tan necesarios y tan importantes en la actualidad.

Caído de manera tan expresiva de su grandeza, tan palpable, en medio de una etapa en que las rebeldías radicales golpeaban los escombros coloniales, las fortalezas neocoloniales y las formas tradicionales de dominación al interior de las sociedades capitalistas desarrolladas, el Che tuvo un duelo resonante. A diferencia de otros revolucionarios ilustres, a sus enemigos les fue muy difícil denostarlo de inmediato, mientras multitudes lo lloraban con rabia y decisión. Pocos años después, todas las formas de contrarrevolución mundial pasaron a sepultar a este hombre tan peligroso en el olvido imprescindible para salvaguardar sus intereses, utilizando toda la gama de medios que dominan (no hay que subestimar, por ejemplo, el poder que tienen los “modernos” medios de comunicación para multiplicar y orientar, además de sus informaciones, la confusión y el olvido).

El Che se ha mantenido vivo de otro modo. Los vencedores de Viet ­nam, los combatientes del Cono Sur, el Frente Sandinista, las guerrillas del Salvador y Guatemala, lo han levantado en las banderas de los triunfos o lo han dejado de rescoldo para renovar hogueras. Y su pueblo cubano ha sido capaz de continuar su senda y sus ideales, de convertir sus guerrillas en grandes destacamentos internacionalistas, levantar centenares de escuelas de estudio y trabajo por todo el país, luchar por la economía y creer en el comunismo, encomendar su utopía y sus niños al Che cada mañana, siempre guiado por el que fue su guía desde los días del Granma, por Fidel.

No ha habido entre nosotros, sin embargo, estudios serios del pensamiento del Che, ausencia que está inscrita en un cuadro de gran insuficiencia del desarrollo de los estudios sociales que deberemos todavía explicarnos a la luz del propio proceso de rectificación. Carlos Tablada resulta entonces providencial con su estudio del pensamiento econó ­mi ­co del Che, ahora que Fidel plantea una y otra vez la necesidad ineludible de repensar toda nuestra actividad económica y el conjunto de nuestras concepciones, de tener nuestra interpretación de las ideas revolucionarias.

Engañosamente providencial: durante dieciocho años (la mitad de su vida) Tablada ha dedicado algunas etapas e innumerables ratos libres en estudios del Che. En su bibliografía puede advertirse el mane ­jo de centenares de escritos, intervenciones, entrevistas del Che -una gran parte de ellos espera su edición- que ha sometido a escrupuloso análisis. Tablada estudió a fondo el pensamiento de Fidel, el proceso de la economía y de la Revolución cubanas en sus diversos campos, los criterios más de una vez polémicos de protagonistas, actores y estudiosos. Marx, Engels y Lenin, las experiencias y las posiciones de los países socialistas, son elementos de la mayor importancia en su reflexión acerca del pensamiento del Che, y también en ellos lo mira o lo contras ­ta, sobre todo con ayuda de ese monumento mayor del pensamiento acerca de la transición al socialismo y al comunismo que es el leninismo.

No intentaré aquí valorar en detalle lo que este libro aporta, ni la pasión y la prolijidad con que a la vez trata de divulgar el pensamiento económico del Che. Solo trataré por mi parte de referirme brevemente a una cuestión que es clave, tanto para Tablada como para los revolucio ­na ­rios marxistas-leninistas, la de las relaciones entre el pensamiento económico y la totalidad del proyecto y el pensamiento revolucionarios.

Que economía y política son campos específicos de la realidad y del conocimiento social, que se distinguen y se relacionan entre sí, y que su interacción es indispensable para entenderlas a ambas, son logros que debemos al pensamiento europeo que, con extraordinaria riqueza, acompañó al largo, difícil y colosal proceso social que culminó en el triunfo del capitalismo. Las clases sociales que la economía define y las luchas entre ellas, las motivaciones del individuo ante la economía, fueron temas también desarrollados ya antes de Marx. ¿Cómo se distribuye la riqueza?, inquiere la economía clásica; ¿por qué la sociedad es tan
injusta?, preguntan los pensadores radicales. Las respuestas van formando un campo teórico muy relacionado con las revoluciones burguesas, su institucionalización y las primeras explosiones revolucionarias proletarias.

Perfeccionar o destruir es la disyuntiva planteada desde temprano ante las contradicciones del capitalismo: libertad y miseria, producción masiva y lucro, mercado generalizado e individualismo, democracia y represión, progreso y egoísmo. En las condiciones europeas del siglo xix, Marx produjo sin embargo un pensamiento social revolucionario que trascendió decisivamente a su circunstancia. Junto al conocimiento del modo de producción capitalista, Marx aportó las bases para comprender la producción condicionada del pensamiento social en el capitalismo, y la capacidad de este para integrar las disyuntivas sociales dentro del campo de la reproducción de su dominación.

La revolución proletaria, y no la crítica, será la transformadora, planteó una y otra vez desde sus veinticinco años hasta su muerte. Esta subversión con la práctica revolucionaria deberá ser preparada, organiza ­da y profundizada con la ayuda de la teoría. La crítica de la economía política, como llamó de un modo a otro a la mayoría de sus textos más teóricos, no puede circunscribirse al terreno de la economía política. El destino de la teoría marxista será ampliar y profundizar paulatinamen ­te su objeto, primero para lograr conocer lo esencial de la condición dominada y la reproducción de la dominación; después, y a partir de la conquista del poder político, para dirigir un proceso cada vez más consciente de transición socialista que vaya constituyendo una nueva cultura diferente y opuesta a la del capitalismo, que llene progresivamen ­te de un nuevo sentido a la existencia individual y a las relaciones sociales.

El esbozo realizado por Marx de la transición del capitalismo al comunismo parte del centro mismo de su concepción acerca de que es efectivamente lo esencial del capitalismo. Medio siglo después de la publicación del primer tomo de El capital (1867) y de la escritura de la Crítica del Programa de Gotha (1875, ocultada por sus destinatarios), se puso a la orden del día la cuestión de la transición socialista, gracias a la Revolución de Octubre, la sobrevivencia de Rusia Soviética y la formación de la URSS.

Un maravilloso debate se produjo entonces. ¿Cómo debe ser la transición?, ¿cómo es posible la transición?, se preguntaron Lenin y los Bolcheviques. Cómo asir el eslabón fundamental en este nuevo escenario, qué grado de tensión, qué combinación ha de existir entre “lo que debe ser” y “lo posible”, qué vía y qué métodos son los correctos en cada etapa o situación discernible. Las increíbles vicisitudes de los primeros años del poder soviético fueron la causa y el marco de aquel debate imprescindible en el que las ideas de Marx y Engels recibieron un desarrollo que los pensadores de la Segunda Internacional no pudieron soñar. Sus logros enormes y su detención abrupta no pueden ser tratados aquí; el resultado fue, por una parte, una experiencia invaluable para los movimientos revolucionarios que irían surgiendo en el mundo, y por otra, la cristalización de generalizaciones acerca de la transición socialista de pretendida autoridad y aplicabilidad universales.

Cuarenta años después, en Cuba de 1959-1965 la Revolución de liberación nacional y socialista puso bruscamente sobre el tapete el problema de la transición socialista en medio del Occidente burgués y en la región más preñada de contradicciones de todo el mundo capitalista, la América Latina. Todo el marco al que nos hemos referido, más la compleja formación social resultante del desarrollo del capitalismo colonial y neocolonial en Cuba, su relación con EE.UU., y las tremendas luchas revolucionarias libradas por su pueblo, confluyeron a la hora en que el huracán de liberación, expropiaciones, conquista de la dignidad nacional e individual, cambios sociales superiores a lo imaginado, en la isla en pie de guerra ante el enemigo más fuerte de la historia, debió convertirse en poder ordenado y dirigido a lograr la transición socialista desde un ideal comunista, y por lo tanto internacionalista y de libe ­ración total.

Es ese el teatro de la actividad y el pensamiento del Che como constructor del socialismo, y el ámbito de lo que se expone en este libro. Que el Che sea tan antidogmático y creador no debe llevarnos a olvidar su apego al pensamiento originario del marxismo-leninismo: ambas características pueden darse e influirse mutuamente con resultados valiosísimos. Che retoma verdades centrales de Marx: el capitalismo es la época histórica determinada que establece, con cambios generalizados, la automatización social y el dinero como el nexo real entre las gentes y la expresión social de cada uno; el que posee domina las actividades de los otros; las fuerzas productivas sociales son del capital y su crecimiento sólo acrecienta el poder que domina el trabajo; el proceso de producción no sólo crea el producto sino también la necesidad y los hábitos de consumo; etc. La producción es el reino de la reproducción del capitalismo: el poder de la clase revolucionaria que se levantó contra el conjunto de la vida vigente tiene que planear y ejecutar la liquidación progresiva de las relaciones mercantiles generalizadas, sustituyendo el nexo del dinero por la riqueza de la extensión de la cooperación y para ello debe ser un poder social sobre la producción, la distribución, el consumo, la política, la educación, la reproducción de la vida social y las ideas.

Che estudia “hasta el último papel” escrito por Lenin después de la toma del poder, los avatares y las polémicas del nuevo poder soviético, primer gran laboratorio en que tuvo que crearse una nueva economía en que aparecieron nuevos contenidos para la relación “economía-política” y se alteró el papel de las economías respecto al conjunto de la formación social. En trabajos que a su vez deben tornarse polémicos (un ejemplo magistral es “La planificación socialista, su significado”, de 1964) Che pone un pensamiento acerca de la economía en la transición socialista que es irreductible al campo que los especialistas tecnocratizados consideran que debe reducirse la economía. No solo es extraeconómica la fuente del mando ejercido sobre la economía. Si la Revolución es capaz de desatar cada vez más y mejor el potencial inmenso de fuerza y entusiasmo del pueblo en marcha por la acción revolucionaria misma, ese potencial resulta decisivo para “forzar la marcha de los acontecimientos [...] dentro de lo que objetivamente es posible”, en busca del desarrollo socialista, organizado y consciente.

No se trata de un delirio bien intencionado que olvida las inmensas insuficiencias y poderosos enemigos de todo tipo que tiene ante si el proyecto revolucionario. “La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado [...] por el carácter mismo de este periodo de transición con persistencia de las relaciones mercantiles. La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista [...].” subdesarrollo, ley del valor, dependencia de la economía internacional, individualismo, falta de educación completa para el trabajo social, necesidad de coerción, malos métodos de dirección, interés material individual, relaciones vanguardias-masas y necesidad de establecer “una conexión más estructurada”, etc. Podrían listarse largamente los escollos y las fallas que el Che va señalándole al proceso, con la honestidad y el rigor autocrítico que contribuyeron tanto a su inmenso prestigio personal e influencia educativa.

La lucidez extrema, la apreciación de todo lo que está en juego, y de donde están los factores positivos con que se cuenta, es precisamente lo que fundamenta la audacia de su posición. Se trata de la estrategia revo ­lucionaria correcta, diseñada y dirigida por Fidel, que ha permitido el triunfo y la consolidación de la Revolución cubana mediante sucesivos avances, cada uno de ellos imposible o implanteable aparentemente.

Che aclara una y otra vez lo que quiere decirse con la expresión conciencia. No es la antítesis de economía, es la palanca para lograr que las fuerzas productivas y las relaciones de producción dejen de ser medios para perpetuar la dominación como en el capitalismo. Es, en su desarrollo, el avance de la nueva manera de vivir (o nuevo modo de producción, si usamos la acepción de La ideología alemana) frente a la manera de vivir del capitalismo. En el trabajo, por ejemplo, la conciencia debe poder medirse mediante la norma: ella “es la expresión de una obligación moral del trabajador, es su deber social”. Hay aspectos coac ­tivos en el trabajo, incluso en el voluntario, durante la transición socialista; el que su estimulación se dé a través de combinaciones de estímulos morales y materiales “indica la relativa falta de desarrollo de la conciencia social”. Estímulo material directo o individual como forma predominante y conciencia, si son términos contradictorios. Conciencia es también la comprensión que van alcanzando los hombres de los hechos económicos, el grado en que los dominan, mediante el plan. Es un proceso de errores y aciertos en el que inciden contra la transición socialista todos los factores indicados arriba, su coexistencia a escala mundial con el sistema capitalista y el ser históricamente reciente. “¿Por qué pensar que lo que ‘es’ en el periodo de transición, necesariamente ‘debe ser’?”, señala el Che al invitar a sus impugnadores a no “desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades”.

Hay un carácter contradictorio en el periodo de transición, entre un poder socialista consciente del carácter político, económico e ideológico, por una parte, y los aspectos de la sociedad mercantil generalizada subsistentes a escala nacional e internacional, por otro, expresados en la ley del valor. “[.] la planificación centralizada es el modo de ser de la sociedad socialista, su categoría definitoria y el punto en que la conciencia del hombre alcanza, por fin, a sintetizar la economía hacia su meta, la plena liberación del ser humano en el marco de la sociedad comunista.” El sistema de planificación nacional deberá llegar a integrar la economía como un todo único, a partir de las decisiones políticas, pasando por toda la cadena de instancias y unidades de la economía hasta fundirse con la población y volver hasta la dirección política, “formando una gigantesca rueda bien nivelada, en la cual se podrían cambiar determinados ritmos más o menos automáticamente, porque el control de la producción lo permitiría”.

Él conoce perfectamente que la sociedad cubana en transición está muy lejos todavía de ese sistema; sin darse un día de descanso el Che está inmerso en numerosas responsabilidades del trabajo práctico de la Revolución, lo que le permite elevar sus extraordinarias capacidades teóricas desde las más cotidianas experiencias concretas, con su carga de complejidades, inconsecuencias, falta de recursos, situaciones absurdas y angustias, y también con sus prometedores signos reales de cambios sociales y humanos. Es ejemplar el rigor con que analiza el carácter incipiente y las imperfecciones del Sistema Presupuestario de Financiamiento que él preconiza y aplica en una parte de la economía nacional.1 Y es necesario que se conozca todo el conjunto de instituciones de capacitación, de mecanismos de control, supervisión, esti ­mulaciones combinadas, etc., que creó e impulsó infatigablemente para garantizar esos primeros pasos de construcción consciente de las bases de una nueva sociedad. “Lo que nosotros buscamos” -escribió- “es una forma más eficiente de llegar al comunismo”.

Crear riquezas con la conciencia y no conciencia con las riquezas, por decirlo con palabras de Fidel; que la sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela, para expresarlo con palabras del Che. No son frases felices, sino expresiones condensadas de un proyecto revolucionario comunista para la transición socialista, que produjo en esta primera etapa del proceso cubano riquísimas experiencias económicas, ideológicas y políticas en el camino hacia una democracia de trabajadores, y reflexiones teóricas como las del Che, que profundizaron y desarrollaron las ideas revolucionarias en nuevas condiciones históricas y geográficas, con aportes de valor permanente.

Ese pensamiento se truncó en el caso del Che, al caer su creador en el combate internacionalista, esa otra dimensión indispensable, sin la cual no hay verdadera marcha hacia el socialismo y el comunismo. También en este campo de la guerra revolucionaria fue un pensador excepcional, y en la búsqueda de caminos para la liberación latinoamericana y la solidaridad entre todos los pueblos del mundo; pero su actuación práctica fue tan ejemplar que ha quedado como un paradigma del revolucionario integral.

Hace exactamente veinte años Che comenzó su Mensaje a los pueblos del mundo con palabras de José Martí: “Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”. No hablaba para un día. Hoy sigue siendo la hora de los hornos, para la liberación y para la construcción de la nueva sociedad. Y Fidel continúa la acción y la reflexión abiertas por la Revolución cubana, cuando pregunta si la humanidad renunciará al objeto del comunismo ante las realidades de determinadas limitaciones materiales y determinadas características del hombre. Y propone que las sociedades del Tercer Mundo que luchan por resolver las gigantescas necesidades elementales de sus pueblos vuelvan la espalda a los modelos capitalistas de desarrollo y de vida, y que busquemos los objetivos económicos y sociales, materiales y morales que debe plantearse una sociedad del Tercer Mundo de hoy. Y postula que el papel de la educación y la conciencia es fundamental para esos objetivos, y en el caso de nuestra Revolución, para garantizar su vigor y su futuro.

Al ayudar a traer las ideas del Che a la palestra de hoy, el libro que sigue se vuelve un aporte a esa búsqueda necesaria. Tablada ha presentado el conjunto del problema que persigue en su rica y breve “Introducción”. No se limita en ella a presentar el contenido del libro y el lugar que tiene lo expuesto en el conjunto del pensamiento del Che; apunta también a inscribir el papel de las ideas y la práctica del Che en una consideración más abarcadora del proceso de transición socialista cubano, y de las experiencias prácticas socialistas y del desarrollo histórico del marxismo-leninismo.

El análisis y la exposición detallada de las concepciones desarrolladas por el Che en el curso de sus actividades de dirección económica en los primeros años de nuestra Revolución ocupa las dos terceras partes del libro. El Sistema Presupuestario de Financiamiento es explicado con rigor y abundancia de fragmentos de textos e intervenciones del propio Che. Entiendo que este es un aporte fundamental del libro de Tablada porque pone al alcance del lector el conocimiento y la posibilidad de valorar aquel esfuerzo revolucionario de pensar y hacer en el comienzo de la transición al socialismo y al comunismo. La obra se torna así una invitación y un reto a tratar también lo que no ha estado -no podía estar- en el plan del autor: el análisis de la formación social cubana misma y de los cambios y permanencias fundamentales resultantes de los primeros años de la Revolución, del análisis del otro sistema de dirección económica aplicado simultáneamente en Cuba, basado en el cálculo económico, el debate económico de entonces y otros temas necesarios.

Incitar al estudio y al conocimiento de la historia de nuestro socialismo, de los rasgos esenciales de su presente y de sus necesidades y proyectos -y de las luchas por el socialismo en el mundo- es una función que esperamos que pueda cumplir este libro. La gran operación de expropiación del capital que avizoró Carlos Marx hace ciento veinte años debe continuar profundizándose: hay que quitarle a la burguesía el privilegio de la productividad, de la eficiencia, de los recursos, del dominio de la mente y la modificación de las acciones humanas, para hacer un mundo nuevo.

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