Comercio mundial: ¿incentivo o freno para el desarrollo? Prefacio


En los últimos dos o tres años he dedicado tanto tiempo al oficio de prologar que creo poder permitirme la pequeña vanidad de considerarme inscrito en la estirpe de los prologuistas. Es algo que digo con satisfac ­ción porque nunca me he sentido comprometido a introducir un libro cuya lectura no haya enriquecido de un modo o de otro mi reflexión.

Puedo añadir que incluso me ha hecho descubrir esa forma privilegiada de compartir mis ideas e impresiones con el resto de los lectores. Porque el prologuista es eso, ni más ni menos, otro lector. Uno que ha tenido la ventaja de poder acompañar al autor (o a los autores, como es en este caso) en la incomparable aventura de someter su creación intelectual al rasero del juicio público.

Comienzo por rogarles, con la humildad de que soy capaz, que excusen estas líneas iniciales. No he podido, o no he querido pasar por alto la tentación de empezar de este modo, cuando me toca ahora introducir una obra que tiene la audacia de proponerse tomar por los cuernos uno de los problemas más contundentes de nuestro tiempo. Es decir, Comercio mundial: ¿incentivo o freno para el desarrollo?, como lo anuncia el título que ha recibido de sus autores, Tablada, Cobarrubia, Pujol, Eugenio Martínez y Smith, Houtart y Osvaldo Martínez.

Muchas páginas -aunque nunca demasiadas- ha consumido ya la crítica de la globalización neoliberal, y de los tristemente famosos “programas de ajuste” que han deformado de tal manera a las economías, los sistemas políticos y las sociedades latinoamericanas, que a veces nos cuesta incluso reconocernos como lo que somos. En acoplado acompañamiento musical los consorcios de la comunicación de masas han sembrado la ruina cultural a lo largo y ancho del continente (del mundo en realidad), magnificando la ilusión del consumo, manipulando tradiciones autóctonas para congestionarlas en un folklorismo inofensivo y asimilarlas como mercancías turísticas, propulsando una religiosidad conformista, a menudo exótica, y casi siempre ajena a nuestras identidades y hasta opuesta a la búsqueda de soluciones reales.

Me quiero centrar aquí en la experiencia americana por razones obvias aunque el lector podrá encontrar en el libro un panorama más abarca ­dor, incluido un detallado y oportuno análisis de la realidad económica africana.

Se nos impuso, envuelta en blancos y promisorios ropajes, una democratización dudosa y ambigua. Su carta de crédito irrechazable era la supresión de las dictaduras militares que habían masacrado impunemente a nuestros pueblos bajo la mirada aprobatoria entonces de Washington. Salir del abuso represivo, de la tortura, las desapariciones y la violación de los derechos ciudadanos. No era posible renunciar a este premio que se nos presentaba cual dádiva y signo de lo nuevo. Parejamente avanzaba, en la canasta democrática, la filosofía del “condicionamiento” aplicada al terreno de los derechos humanos, tan fácilmente desconocidos y maltratados en los regímenes dictatoria ­les y en otros menos dictatoriales de todo el Tercer Mundo: la nueva norma sería la de condicionar la ayuda económica y otros reconocimientos internacionales a la democratización y la supresión de las violaciones de los derechos humanos. Suena muy saludable.

Pero la “condicionalidad” esconde una diferencia entre condiciona ­dores y condicionados. Que en términos generales coincide con la diferencia entre Norte y Sur, países ricos y países pobres, desarrollados y subdesarrollados, avanzados y atrasados, primer y tercer mundo, acreedores y deudores, o para llamarlo con antinomias que tal vez lo expresen con más exactitud, países de los centros capitalistas y países periféricos, imperiales y neocoloniales. Los diagnósticos acerca de la existencia o no del “estado de derecho” se realizan bajo la batuta inconfundible de los centros capitalistas, que son los que imponen los condicionamientos y que nunca figuran entre los condicionados, violen los derechos humanos que violen.

Esta misma filosofía se aplicaba y se aplica en el plano de las relaciones financieras internacionales. Los países deudores -entiéndase los sometidos por la deuda, o sea los periféricos- quedan obligados a los “programas de ajuste” como condición sine qua non para la renegociación de sus endeudamientos. Pagan y pagan, pero la deuda crece y crece, y solo reciben facilidades para seguirse endeudando, siempre condicionadas por las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, que son las exigencias de la alianza global del poder. Esta es la verdadera cara del condicionamiento: la imposición de los mandatos del imperio.

Y mientras la promesa de una bonanza y un equilibrio social inalcanzables se diseminaba por las pantallas de los televisores tras el consuelo de una barra de una nueva marca de chocolate, la ilusión de conducir un vehículo con transmisión independiente, o el deleite de sumergirse en el mundo virtual creado por Internet, la pobreza se volvió insoportable y la desigualdad alcanzó un nivel de polarización sin precedentes. El consumo, embeleso y embeleco: seducción que barre con todos los escrúpulos, y engaño fatal para las masas excluidas. La humanidad no podrá salir de ese círculo vicioso si no se sobrepone al mito liberal.

Por fortuna no ha sido este el “fin de la historia” vaticinado a principios de los años noventa del pasado siglo. Los desposeídos, los explotados, los dominados, los discriminados, los inconformes, los que no quieren seguir viviendo como viven ni seguir viendo lo que ven, también encontraron las vías de hacer sentir su descontento, sus ansias de cambio, y de levantar una nueva barrera de resistencia social.

Las democracias emergentes, animadas por resultar más funcionales a los nuevos resortes de la dominación imperialista que los desacreditados y tortuosos regímenes militares, generaron a su vez gobiernos que pusieron de moda niveles de corrupción astronómicos, cimentados en la subasta neoliberal del patrimonio nacional. Se han bañado en millones desregulando y privatizando, comprando y vendiendo, robando y robando. El saqueo propiciado al capital transnacional (y a los socios locales) en el último cuarto de siglo, de soportar una auditoría comparada, haría palidecer probablemente a los registros de las bitácoras del puerto de Cádiz en casi cuatrocientos años de saqueo colonial del oro y la plata de Nuestra América.

Sin embargo, esta enturbiada y discutible democratización también ha aportado instrumentos para que los pueblos traten de cambiar las cosas. Nadie piensa que funcionan siempre, y mucho menos en primeros ensayos. Tampoco es lo que el imperio espera de ellas, y eso no se debe olvidar, aunque nos parezca que difícilmente vaya a poder evitarlo ya. A menos que sus afanes de intervención se desorbiten, lo cual tampoco debiéramos excluir como su variante extrema ante el peligro de perder sus dominios.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el comercio mundial?, podría reprocharme un lector. íTodo!, empezaría yo por responder. A decir verdad tengo la impresión de que quienes se decidan a leer este ensayo lo saben de antemano. O al menos lo sospechan.

La consigna del debilitamiento del papel Estado-nación en aras de propiciar una supuesta “desregulación” para consolidar el absolutismo del mercado desemboca precisamente en lo que esta obra se dedica a criticar. El Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá (TLCAN), impuesto a la sociedad mexicana a partir de 1994 con la complicidad de políticos y de empresarios dispuestos a vender al mejor postor la soberanía y la seguridad de su pueblo fue la primera muestra del fementido paraíso de libre mercado, apuntado en el sistema-mundo bajo el liderazgo norteamericano. Hoy se conocen los resultados desastrosos para el pueblo mexicano.

Los pasos mayores en la misma dirección serían el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) y el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), frustrados como instrumentos multinacionales hasta ahora por la globalización de las resistencias. “El ALCA como expresión máxima y culminación de un secular proyecto de dominación imperial [...] -nos dicen los autores- no puede interpretarse como una gran iniciativa de carácter meramente comercial”. Este acuerdo replicaría a escala continental los efectos sociales que ya ha sufrido la nación mexicana.

En 1995 el Acuerdo General de Comercio y Aranceles (GATT) se metamorfoseó en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sería ingenuo verlo como un simple cambio de nombre, o reducirlo a una reestructuración. Se trata en realidad de un peligroso paso hacia la reafirmación de la dominación imperialista. Me atrevería a afirmar que el más significativo de los cambios institucionales operados en los últimos tiempos en la esfera de los organismos internacionales, pues la OMC está facultada para imponer obligaciones a los Estados miembros, en términos que no amparan a ninguna otra organización inter ­guber ­namental. Ni siquiera el FMI y el Banco Mundial, pues las facultades de la OMC van más allá de la “condicionalidad”.

Lo más patético para quienes permanecen convencidos del fatum del mercado es que el grueso de lo que beneficia el libre comercio, desde el mercado financiero hasta el de bienes de consumo, tiene muy poco que ver con lo que la humanidad necesita para subsistir. Tiene que ver esencialmente con la concentración de las ganancias y del poder. Este grupo de estudiosos ha sabido poner de relieve a lo largo de su investigación, cargada de datos irrebatibles, el modo en que el comercio internacional se ha convertido en el más acabado, omnicomprensivo y engañoso instru ­mento de dominación imperialista. El “intercambio desigual” no es una deformación del intercambio comercial, sino el que responde a la natura ­leza misma del mercado. La búsqueda del intercambio justo difícilmente pueda encontrar otro camino que el de anteponer la justicia al mercado, de acotar y someter al mercado desde el exterior. Es una idea central que recorre este ensayo y que cuenta con muchos argumentos a lo largo de todas las vertientes del problema que son sometidas al análisis.

Estamos hablando ahora -en el libro y en el prefacio- del presente y sus relaciones con el futuro, y no solo del presente y sus relaciones con el pasado. No solamente de explicarnos cómo se ha llegado hasta aquí (lo cual no carece de relevancia), sino de hasta dónde se puede llegar desde aquí y hacia dónde pretende el imperio llevarnos desde aquí. La confianza en el entramado de las resistencias sociales que ha sido forjado es esencial. Las esperanzas en la recuperación de cuotas perdidas, y otras nunca antes logradas, de soberanía, también son esenciales. Pero el futuro dista de estar garantizado: en verdad está repleto de desafíos. Estos son, como ningunos, tiempos de tormenta.

Si el ALCA se lograra implantar -acuerdo bilateral tras acuerdo bilateral, como lo están intentando sus promotores- el imperialismo habría obtenido una victoria substantiva y seguramente nos veríamos en la necesidad de replantearnos la resistencia en un punto distinto del que la vemos ahora. Todo se haría más complejo y difícil, por difícil y complejo que pueda parecernos hoy.

La mayor ventaja de los oprimidos en nuestros días es la de haber sabido encontrar el camino para renovar la resistencia, después del derrumbe bipolar y en medio de la crisis de paradigmas que le ha seguido. Pero lo importante es que esto haya tenido lugar cuando el ALCA es todavía un proyecto, y es posible luchar contra su implantación. Cuando los derroteros iniciales de búsqueda de alternativa pueden orientarse con prioridad hacia alternativas al ALCA. Cuando un MERCOSUR revitalizado y potenciado, y una recién nacida Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) pueden convertirse, en la práctica, en un bastión y, más allá del corto plazo, en el despegue del camino de integración que nunca se logró antes en el plano latinoamericano y caribeño. Cuando avances viables y rápidos pueden incentivar también la iniciativa de cambio en el mundo andino y hacer espacio a propuestas vistas en el seno de los Estados del Caribe, que en muchos casos han quedado en suspenso por la carencia de un escenario mayor. íTiempo; tiempo y visión estratégica!

Hoy se hace más evidente que nunca que el diagnóstico de los teóricos de la dependencia en los años sesenta del siglo xx, frente a las propuestas desarrollistas, era acertado. Y que los riesgos del camino de las armas cuando otros caminos no existían, como se demostró, para hacer frente al imperio, no pueden ser tratados como una irresponsable aventura. Se frustró la posibilidad entonces de armar estrategias exitosas, consecuentes con los diagnósticos, y en especial de una Estrategia con mayúscula, integral. Pareciera que el mal tenía que ser globalizado para que la resistencia y la búsqueda de alternativas también lo fueran. No podemos dejar hoy que esta historia de frustraciones se repita para que las generaciones venideras tengan que ingeniar una nueva etapa de resistencia con el ALCA como coyunda.

He llegado a pensar que quizás el experimento socialista del siglo xx estaba condenado porque se adelantó a su tiempo histórico, aunque si algo he aprendido a rechazar es la tentación de los determinismos, tanto para el fracaso como para el éxito. Pero eso no disminuye la magnitud de la verdad histórica que lo informa como concepción, ni deslegitima a las revoluciones que lo trataron de implantar, ni nos exime de la responsabilidad de evaluar la historia, completa, una y otra vez, para no perderla de vista en el análisis de nuestros escenarios. Y sobre todo en lo que seamos capaces de hacer hoy.

Comercio mundial: ¿incentivo o freno para el desarrollo? nos revela, con abundancia de material probatorio la culminación del programa de ordenamiento neoliberal impuesto por el imperio en un esquema de represión y explotación centrado por el comercio. Se trata del aparato circulatorio de un organismo diabólico, la mercadocracia, que se ha convertido en el nuevo Leviatán y que pugna, frente a la globalización de las resistencias, por perpetuar los designios del Imperio.

Un equipo de estudiosos cubanos, economistas y politólogos, encabezados por Carlos Tablada, figura prestigiosa de la intelectualidad académica y revolucionaria latinoamericana de hoy, con la colaboración del eminente sociólogo y teólogo belga François Houtart, responde integralmente por la autoría de esta obra.

Hoy llega a las manos de ustedes un libro concebido para el camino, para acompañarnos y ayudarnos a poner un grano de arena -donde seamos capaces y tengamos la oportunidad de hacerlo- en la azarosa misión de desenredar esta enmarañada madeja que nos ha tocado vivir. No es una recopilación sino una obra integral en la cual todos los autores funden su personal contribución en la responsabilidad del conjunto. No lo dice todo porque todo no cabe en un libro. No nos habla solo del comercio mundial porque del sistema circulatorio es imposible hablar por separado del conjunto del organismo. No se propone catequizarnos en verdades inconmovibles porque lo inconmovible de esta verdad se hace de otra sustancia, que se resiste a la catequesis.

Es nada más un trozo de inteligencia revolucionaria que nos va a ayudar a entender, si es que no hemos entendido o aunque lo hayamos hecho, y a caminar en la búsqueda del mundo mejor, si es el camino que hemos decidido recorrer.

La Habana, 1 º de julio de 2005

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