Sociología de la religión. Prólogo

| Fernando Martínez Heredia

Al releer el “Prefacio” que escribí para este libro en 1989, no pude evitar sentirme contrariado, por dos razones. La primera, constatar como frente a la inmensa cultura adquirida durante los siglos XIX y XX en cuanto al conocimiento social y las experiencias vividas por cientos de millones de personas en las luchas contra las dominaciones, se hacía evidente aquel año la bancarrota de los regímenes europeos levantados en nombre del socialismo, y también la quiebra de los proyectos de autodeterminación, desarrollo y justicia social de numerosos países del llamado Tercer Mundo. La segunda, a pesar de que más de dos décadas de duros retrocesos comienzan a remontarse -por la conjunción de las resistencias crecientes y el despliegue de la naturaleza criminal de un sistema que no deja salidas a las mayorías ni al planeta-, el pensamiento social que quiere contribuir a la liberación humana se ve obligado a insistir y mantener aquellas ideas y criterios, e intentar que sean conocidos y debatidos.
La primera cuestión ya es historia, y como tal nos brinda sus lecciones. La segunda constituye un problema grave, porque deberíamos haber superado hace tiempo el horizonte de las ideas y los problemas centrales que se produjeron y debatieron al calor de las grandes conmociones del mundo que afloró en los años 60. El fin de los conciertos y enfrentamientos de potencias, y el del colonialismo europeo, el apogeo del neocolonialismo y de la centralización de capitales, la geopolítica de superpotencias, no sucedieron en una “bella época” de dictados imperiales y convivencias cómplices. Cientos de millones de personas, docenas de nuevos Estados en países nuevos y antiguos, se representaron sus vidas y el mundo a partir del ejercicio de la libertad y la soberanía plena, el acceso a la justicia y el bienestar, y la convivencia democrática como organización social. Y actuaron en consecuencia. Sus revoluciones, sus resistencias y sus proyectos universalizaron al fin la famosa modernidad, a la vez que negaban y combatían su carácter opresor, explotador, racista, patriarcal e imperialista. Una inmensa acumulación cultural, fruto de esas experiencias, es hoy uno de los rasgos principales de una parte apreciable de la humanidad.
Es cierto que en el pensamiento social no apareció entonces un nuevo paradigma, pero entendíamos que era la hora de hacer que el marxismo diera de sí todas sus potencialidades, al conquistar una real universalización física y espiritual, en verdadera relación fructífera -no manipuladora- con todas las culturas y con tantas ideas y prácticas valiosas que habían jalonado la historia humana. Se sabía que el pensamiento debía ser ante todo crítico, y hacer contribuciones relevantes, imprescindibles para los cambios radicales, porque estos estaban forzados a ser intencionales, planeados y complejos, si iban realmente a acabar con todas las dominaciones y hacer posible un mundo y una vida nuevos. En las concepciones generales y en todas las ciencias sociales hubo aportes -en algunos casos muy notables-, y se desarrolló la Teología de la Liberación. La actividad intelectual participó en aquel gran esfuerzo por la liberación humana. Por eso fue también un objetivo importante para la ofensiva en todos los campos emprendida por el capitalismo mundial desde hace más de dos décadas.
Cuando escribí el “Prefacio” a la primera edición -que tanto me ha animado a redactar estas líneas, y que les ruego leer- el uso de la palabra “fin” se estaba ampliando vertiginosamente en todo el mundo. En el campo del pensamiento social se había ido del fin del keynesianismo y el taylorismo al de todos los “grandes relatos” y todos los paradigmas. Pronto la coyuntura se hizo tan mezquina que llevó a la fama una exageración pronunciada por un asistente: “el fin de la historia”. No sólo desapareció la noción de progreso que reinó durante una época tan prolongada, también se esfumaron las certezas del conocimiento social, excepto la del más grosero determinismo económico, que ha querido ocupar todo el espacio, desde el sentido común hasta la epistemología. En 1990 se formulaba la reducción del otrora pensamiento económico a dos palabras muy significativas: “Consenso de Washington”. La práctica económica se simplificaba, a un sustantivo y algunos verbos: “neoliberalismo”, “ajustar”, “abrir”, “privatizar”, “reducir el gasto social”. Cinco años después hubo que llamar “pensamiento único” al imperio del nuevo dogmatismo. Sobre las ruinas del llamado socialismo real, pero también contra toda otra opción, el neoliberalismo se convirtió enseguida en la ideología dominante, santo y seña de un nuevo orden imperialista que realiza la liquidación de las conquistas de los pueblos en la segunda mitad del siglo XX, pero también la de dos hijos suyos: la libre concurrencia y el neocolonialismo.
Hace quince años, la exigencia de un consenso político con la dominación todavía se disimulaba detrás de expresiones despojadas de sus verdaderos sentidos, como “democracia” y “derechos humanos”; pero en el mundo que fue rebautizado “periférico” ellas se han concretado en imposiciones y despojos sobre la soberanía nacional, los recursos naturales, las economías y los derechos humanos reales. Después de un periplo signado por el “fin del Estado” y el del “populismo” -supuestamente sustituibles por “regiones económicas”, iniciativas privadas y filantropía-, cargado de “luchas contra la corrupción” o “el narcotráfico”, intervenciones “humanitarias” y “bombas inteligentes”, lo que quedaba de la ciencia política naufragó desde 2001 en la “lucha contra el terrorismo” en cualquier “oscuro rincón del mundo”. El predominio mundial y la pretensión imperial de los Estados Unidos han añadido al actual sistema esquilmador de capitalismo parasitario especulativo una brutal franqueza: guerras “preventivas”, imperialismo declarado, Naciones Unidas arrodillada, antintelectualismo avasallador.
La hecatombe magnificó y distorsionó una crisis de paradigmas que asomaba desde los años 70 en el pensamiento social, un proceso normal y periódico en la historia intelectual. La búsqueda de verdades fue descartada como una pretensión molesta y se postularon límites muy grandes al conocimiento. A la Historia -que por fortuna había perdido la función de predecir el triunfo de una forma determinada de organización social- se le negó su cualidad de ayudar a explicar las transformaciones de las sociedades; un relativismo extremo la redujo a convenciones, discursos creados a voluntad desde la actualidad. El modelo clásico de investigación sociológica ha sido sustituido por el “modelo de consultoría”, como ha dicho Atilio Borón. Lo que pudo haber sido un fértil debate entre posiciones teóricas y de método, iluminado por las investigaciones y los ensayos, desembocó en un grave retroceso de la capacidad inquisitiva y conceptual. En curiosa mescolanza convive el tosco determinismo económico con el subjetivismo del lenguaje, la indiferencia ante los valores y ante el conocimiento de las estructuras sociales, el elogio de la trivialización. La actitud posmoderna es ciertamente diferente a la posición neoliberal, pero es la otra cara de una misma moneda.
Mucho menos elegante que los productos intelectuales, pero sumamente efectiva, fue la despiadada ofensiva contra los espacios públicos académicos y de investigación, la capacidad de publicar y el ambiente de diversidad de ideas, llevada a cabo con todos los medios necesarios, con el objetivo de suprimir -o silenciar y aislar- cualquier pensamiento o forma de educación capaz de retar, o de disentir siquiera con el sistema de dominación. En la práctica ha sido casi abolida la autonomía de las instituciones de pensamiento y los circuitos de publicaciones y otras actividades a través de las cuales el pensamiento se socializa. El imperio de las llamadas leyes del mercado en el campo académico -incluida una jerga que habla de “clientes” y de “gestión”- intenta velar la realidad de un control totalitario de la producción y reproducción de las ideas, que dispone la asignación de recursos, la selección de temas, métodos, personas, modas y criterios que triunfarán o serán relegados, el ejercicio de la censura y las políticas del sector. Un ejército de servidores provee la información, la formación de opinión pública y una parte de los sentimientos que serán consumidos por todos. Ese consumo masivo sostiene relaciones más cercanas que antes con los ámbitos de las ciencias y el pensamiento sociales, perversión de una aproximación que sería democrática si atendiera a las necesidades y estuviera al servicio de las mayorías.
El retroceso del pensamiento social está todavía firmemente establecido. Forma parte de la estrategia de guerra cultural de una dominación que es más fuerte en el campo ideológico que en el económico, y sabe que corre un riesgo mortal si no controla a la mayoría de los oprimidos, porque su naturaleza actual parásita y depredadora no tiene nada factible que ofrecer a sectores sociales intermedios que fueran bases sociales de su hegemonía, y porque ha sumido en la miseria a una gran masa que, sin embargo, cuenta con niveles de conciencia y expectativas muy superiores a las generaciones precedentes.
El pensamiento y las ciencias sociales forman parte entonces de un territorio en disputa. Una vertiente de intelectuales comprometidos -entre ellos un buen número de los científicos sociales más notables- mantuvo el rumbo y los contenidos investigativos y conceptuales del pensamiento crítico en la peor etapa, dándole continuidad a esa posición hasta hoy. Muchos nuevos estudiosos han ampliado el campo, que hoy crece en medio de una sana diversidad. Ellos suelen unir a los análisis de las situaciones y los debates de ideas el acompañamiento de los movimientos sociales populares y los organismos políticos opuestos al sistema. Por su parte, estos movimientos y organismos tienen mucha más estimación que antes por las actividades intelectuales, desde las capacidades hoy muy superiores de sus miembros, activistas y líderes, y desde la comprensión de las complejas necesidades que confronta el movimiento. Se aprovechan con madurez las lecciones de las insuficiencias y errores de las décadas anteriores -que nadie desea repetir-, y se ensayan nuevas formas de actividad organizada y concientización. Aunque es obvio que tenemos por delante un largo camino, se siente la urgencia de estudiar, buscar, leer, divulgar, explicar, debatir. Esta circunstancia de los últimos años favorece el desarrollo de una nueva etapa del pensamiento y las ciencias sociales. Constatar lo que expongo aquí me hace ver con optimismo esta nueva edición de la obra de Houtart, Sociología de la religión.
¿Por qué sacar a discusión otra vez los grandes temas que abordaron los clásicos del pensamiento social? Porque se están poniendo -o se van a poner pronto- a la orden del día las coyunturas cruciales y los dilemas que generaron y alimentaron el desarrollo de esos grandes temas. Y porque ninguno ha sido resuelto realmente, allí están. Es necesario retomarlos, y superarlos. En su sencilla estructura, este libro de síntesis nos sitúa en uno de esos terrenos tan necesarios, combinando una notable claridad expositiva con el tratamiento riguroso de cada tema, una divulgación sin concesiones al facilismo y una organicidad que logran un conjunto admirable.
No voy a glosar aquí lo que leerán ustedes. Apunto solamente el valor que tiene para el conocimiento volver a colocar los hechos religiosos -desde una de sus aproximaciones posibles- en relación con sus condicionamientos sociales e históricos, y con las definiciones básicas de la materia sociológica, y entrar al análisis de esas complejas realidades con un instrumental de ciencia social y un plan de exposición que recurre a sus elementos constitutivos desde aquella perspectiva: las representaciones, las expresiones, la ética y la organización. Una de las manifestaciones más básicas y extendidas de la vida social, que incide a su vez de mil maneras en ella, puede asumirse así también en un terreno que se suma a otros, como el afectivo y el de la opinión, y ayuda a acendrarlos: el del conocimiento. Recordemos solamente que uno de los temas más maltratados y manipulados en la actualidad es el de los fundamentalismos religiosos.
De François Houtart no necesito añadir mucho a lo que digo en el “Prefacio” de 1989 y lo que he tenido oportunidad de expresar en otras ocasiones. Él fue uno de los que dieron continuidad al pensamiento que lucha por la humanidad en estos años -para Houtart una etapa más en una vida entera de consagración a los demás-, y goza hoy de un gran prestigio en el mundo, por ser uno de los más destacados científicos sociales y uno de los intelectuales fundamentales del campo popular.
Mi “Prefacio” a la primera edición se publica sin modificación alguna. Aproveché la presentación de aquella edición en La Habana, en diciembre de 1993, para exponer criterios acerca de las relaciones entre ateísmo y marxismo, y algunas precisiones sobre ese tema en el curso de la Revolución Cubana.

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