Religión y política. La experiencia en Nicaragua. Prólogo

| Aurelio Alonso

Abarcar el tratamiento del campo religioso de un país en su totalidad es una empresa difícil. Prácticamente imposible en un solo ensayo, me atrevería yo a decir. Habría que abordarlo además con distintos instrumentales: por una parte, el imprescindible del historiador, que muestre desde una perspectiva crítica el trayecto seguido por las religiones en el entorno social estudiado; por otra, el del sociólogo, cuyos métodos conducen a descifrar el fenómeno religioso dentro de la complejidad de la estructura social; o los del etnólogo, el antropólogo y el psicólogo, orientadas por distintas vías a escrutar la naturaleza misma del hecho religioso. No creo que los deslindes podrían ser absolutos, ni tampoco que esta caracterización que acabo de simplificar carezca de fisuras, pero lo que quisiera dejar subrayado por el momento es la complejidad de un proyecto como el que tenemos ante nuestra vista.
Para decirlo sin rodeos y con pocas palabras, el libro de Manuel Ortega Hegg y Marcelina Castillo, que lleva por título Religión y política: La experiencia de Nicaragua, contiene el resultado de una rigurosa investigación sociológica sobre el tema, con tres virtudes incuestionables. La primera, la consistencia de los presupuestos teóricos, sobre la cual me voy a detener a continuación por considerar que ofrece aportes relevantes, en nuestro continente, al manejo de los sistemas de creencias a partir del instrumental de las ciencias sociales. La segunda, la documentación minuciosa, tanto de los sistemas de creencias como de la realidad nicaragüense, es decir, el escenario económico, político y social al cual se refiere. La tercera es la seriedad metodológica con que fue diseñado y efectuado el trabajo de terreno, con cuarenta entrevistas (veinte a personalidades claves para la obtención de datos organizativos de las iglesias, y veinte para levantar opiniones acerca de la relación entre el campo político y el religioso); y una encuesta aplicada a más de 3 400 informantes.
La presentación es netamente la de un informe de resultados, y aun así logra sortear las arideces que esta estructura normalmente comporta. Lectura interesante no sólo para especialistas y para el medio académico, sino para todo el que aspire a conocer mejor el tema o incluso simplemente estar bien informado. También habría que anotar que estamos ante un estudio polémico, porque se mueve dentro de problemáticas que no dejan espacios a pensamientos únicos.
Quisiera comenzar por destacar que Ortega y Castillo constatan con datos contundentes el deterioro de la realidad nicaragüense después de la derrota del sandinismo en 1990. Sin acudir a otros detalles, por recato obligado de prologuista, me limito al dato del sostenido declive en el índice de desarrollo humano (IDH), que deja constancia del deterioro de las condiciones de vida, desde 2002 en la peor situación de la América Latina, después de Haití. Aproximadamente el 80% de la población nicaragüense malvive bajo la línea de pobreza de ingresos aplicada convencionalmente por el Banco Mundial. Lo que significa que la extensión de la pobreza es aún mayor, si tenemos en cuenta el valor convencional de esta medición. La desigualdad se ha acentuado, al propio tiempo, con una concentración cada vez más marcada de los ingresos en un grupo cada vez menor de familias. Las privatizaciones han subastado los escasos recursos económicos del país, y la migración laboral a los Estados Unidos se multiplicó dramáticamente.
Nos recuerda el autor que “el Estado y las iglesias juegan un papel importante en la manera de abordar estos fenómenos y frente a la ruptura del tejido social que se ha venido asociando a estos cambios. El campo religioso en particular puede jugar un papel legitimador o cuestionador del modelo social generador de esas desigualdades”.
El elemento más innovador en la metodología de investigación, que contó con la asesoría del sociólogo belga François Houtart, ha sido a mi juicio, la clasificación de los grupos de creyentes de acuerdo con la tipología propuesta por Clifton Holland (1996) de “familias de iglesias”. En lugar de la tipología tradicional de Ernst Tro †’ «ltch (1912) de “iglesias-sectas”, extendida por Bryan Wilson (1959) con la adición de la “denominación” como modalidad estructural intermedia entre secta e iglesia.
Después de una caracterización general de las familias de iglesias, los autores proceden a la construcción del mapa religioso de Nicaragua atendiendo a esta tipología, tanto en lo que se refiere a la densidad institucional y la demografía religiosa, como al recorrido histórico, especialmente del catolicismo y de las principales familias protestantes. Es un cuadro minucioso, que abarca la primera parte del trabajo, con abundante soporte estadístico y un nivel muy cuidadoso de análisis de los datos. La segunda parte se concentra en el tratamiento de la percepción de la población creyente acerca del papel de las instituciones religiosas y las relaciones con el Estado, desde la evaluación del trabajo de campo efectuado.
Hasta la década de los cincuenta del siglo pasado el Estado había tenido que dialogar sistemáticamente en la América Latina con un solo interlocutor religioso: la Iglesia Católica. De estas negociaciones se desprendían las normas para conducir las relaciones con el resto de las religiones, y la especificidad de estas últimas no constituía un elemento relevante para el establecimiento de patrones generales. Hoy la diversificación de creencias y el cambio introducido en la demografía religiosa de los países del Continente, hace más complicado el proceso de negociación y plantea un desafío al establecimiento de coordenadas que normen equitativamente la relación. Esta realidad conlleva una serie de implicaciones a las cuales Ortega se asoma con criterios muy fundamentados, tanto en el plano general como en el tratamiento del cuadro nicaragüense actual, que comporta el centro del trabajo.
Sin embargo, no es posible perder de vista que, aunque Nicaragua constituye el objeto indiscutible de la investigación de Ortega y Castillo, el resultado está repleto de sugerencias importantes para el tratamiento del problema en otros países de la América Latina, sobre todo aquellos donde históricamente ha predominado el capitalismo agrario (es decir, la mayoría), e igualmente para los esfuerzos por llevar el análisis a escala continental.
En algunos aspectos del ensayo nos percatamos de la existencia de una singularidad incuestionable. Por no señalar otros datos, tal vez menos significativos, no hay que olvidar que Nicaragua vivió una década de profunda transformación social: de reformas socializadoras introducidas por la Revolución sandinista al llegar al poder. Y que este proceso de 1979 a 1990 incidió en las relaciones entre la Iglesia Católica y la conducción política, social y económica del país. Los desplazamientos de influencias y las confrontaciones en este período no pueden ignorarse en las correlaciones presentes. El autor señala con razón que “una de las consecuencias de esta erosión de la influencia católica, fue la contradicción con la revolución sandinista, a la que ubicaba como competidora en un campo específico y propio, como lo era el de ofrecer sentido a la existencia humana”.
No es este el escenario que puede explicar la erosión sufrida por el catolicismo en el resto del continente, donde los estimados de sus creyentes efectivos han bajado en el mismo período hasta alrededor de un 60%, en tanto los del protestantismo y de otras religiones no cristianas se han elevado a más de un 15%. Tampoco es posible observar aquí grandes diferencias con relación a las tendencias dominantes que las que se observan en Nicaragua.
Seguramente el peso de la multiplicación del campo religioso se relacione más con los efectos de pauperización social y de desamparo, con la necesidad de búsqueda de nuevos referentes simbólicos, con la oferta global de respuestas no convencionales, con la manipulación de poder de la espiritualidad religiosa, tanto a escala regional como de país. Sin desconocer con ello la incidencia de los procesos coyunturales, que en todo caso quedarían subordinados a los factores de mayor trascendencia en el contexto socioeconómico.
El cambio en el mapa religioso latinoamericano se muestra tan evidente en la vida cotidiana que es frecuente ceder a la tentación de considerar innecesaria una fundamentación científica. A veces caemos con facilidad en el pecado de desestimar la investigación por considerarla como un mero proceso de confirmación de lo obvio. Penoso error el de ese “sentido común” que pasa por alto la diferencia entre la opinión acerca de lo constatado a simple vista y la empresa de explicar con rigor los fenómenos. Desde la antigua Grecia se sabía ya distinguir la diferencia entre el valor de la gnosis y el de la doxa.
Que el catolicismo ha pasado en un período muy corto de un predominio exclusivo en el campo religioso a tener que compartir con otros sistemas de creencias su propuesta de espiritualidad, puede ser evidente. Que aun así la Iglesia Católica mantiene el espacio principal en la demografía religiosa, y en el entramado de las relaciones institucionales, también.
Pero la recomposición del campo religioso y las variaciones a las cuales esta nueva composición obliga en las relaciones con la institucionalidad política y civil de la sociedad, exige que el fenómeno sea abordado desde la perspectiva científica. Y en esto hay que decir que queda mucho por hacer.
Lo mismo podemos afirmar de la necesidad de conocer la visión de la población creyente ante su contexto social, nos contemos o no entre los creyentes. Y de la relación de la religión y de las iglesias con la esfera política, pero sobre todo de “la clara división ante dos modelos de sociedad adecuados al pensamiento social y económico de la Iglesia: un modelo de libre empresa y economía de mercado vs. un sistema de protección social que excluya del mercado los servicios de interés común”.
Es decir, que nos encontramos, también desde el campo religioso, ante la disyuntiva fundamental de nuestro tiempo. O se mantiene la reproducción de las condiciones actuales de existencia regidas por la lógica de la ganancia, generadora de pobreza y desigualdad, y depredadora del medio natural de la subsistencia humana, o nos involucramos en la búsqueda de una transición hacia una sociedad donde la justicia social y la equidad prevalezcan en el proyecto y en la práctica sobre la acumulación económica.
El estudio que han realizado Manuel Ortega Hegg y Marcelina Castillo ofrecerá al lector un panorama verdaderamente enriquecedor sobre estos problemas, y abre el camino, tan necesario en nuestro tiempo, hacia nuevas investigaciones y a un debate cuyo significado rebasa el campo del quehacer teórico.
La Habana, febrero de 2006

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