Religión y política. La experiencia en Nicaragua. Prefacio

| François Houtart

Nicaragua, pequeño país de América Central, a primera vista sin gran trascendencia frente a los gigantes del continente como México o Brasil, o frente a las revoluciones sociales y políticas de Cuba o Venezuela, puede aparecer como poco relevante para un estudio sobre política y religión en la parte Sur del hemisferio americano. Sin embargo es todo lo contrario.
La nación de Rubén Darío ha conocido una historia a la vez similar y diferente de los demás países del continente. Por una parte, la colonización ha sido análoga, con un papel paralelo de la institución católica en la sociedad. La independencia y la entrada posterior de la sociedad nicaragüense en el capitalismo agrario, y finalmente en la fase neoliberal del sistema económico, corresponden a lo que se vive también en otros países. Por otra parte, Nicaragua ha vivido dos décadas de lucha y de régimen político revolucionario que ha tenido un impacto específico sobre la relación entre política y religión.
La evolución de este aspecto de la vida colectiva de un pueblo se inscribe a la vez dentro de un ciclo largo de la historia y de siglos cortos donde la coyuntura juega un papel central. El estudio de Manuel Ortega Hegg y Marcelina Castillo refleja bien el hecho de que los cambios del campo político no tienen un efecto mecánico sobre las actitudes religiosas, y que los ritmos de transformación son diferentes, e igualmente muestra que la progresiva autonomía del campo político frente a la institución religiosa -lo que en el mundo europeo latino se llama la laicidad y en el mundo anglosajón la secularidad- no significa necesariamente una pérdida de la adhesión religiosa.
Sin embargo, la historia particular de Nicaragua es también rica en enseñanzas. La interpretación de parte de la Iglesia jerárquica estaba ligada a una lectura poco adecuada a la realidad, y la actitud del Papa Juan Pablo II durante sus visitas en el país fue la expresión culminante de esta visión.
La problemática de la relación entre política y religión tiene dos vertientes. Por una parte, se trata de la relación entre instituciones y, por otra, de una dimensión cultural que concierne a la hegemonía en el sentido gramsciano de la palabra. Este último factor ha jugado un papel importante en el continente por el papel mismo que la Iglesia Católica ha jugado desde el momento colonial. Constatamos que en Nicaragua, como en el resto del mundo, el monopolio eclesiástico está puesto en cuestión, tanto por el campo político mismo como por el pluralismo religioso que progresó en los últimos años.
La recién reconciliación entre el Frente Sandinista y la jerarquía católica es bastante ejemplar en este sentido. Por una parte, el Frente era muy consciente de la importancia del factor religioso dentro de los medios populares. En verdad, aun si esos medios probaron en las dos últimas décadas una madurez ideológica, capaz de distinguir adhesión religiosa y orientación política, son sensibles en cuanto a la relación entre las instituciones políticas y las religiosas. Por otra parte, la Iglesia necesitaba un apoyo político para la sobrevivencia de sus propias instituciones y el ejercicio de una hegemonía cultural. Así, por encima de las intenciones personales, hubo una convergencia de orientaciones. Sin embargo, debemos decir también que este intercambio objetivo no parece corresponder a un mecanismo subjetivo similar, porque el reconocimiento de errores por parte del Frente no encuentra la misma actitud por parte de la Iglesia.
La fase neoliberal del capitalismo que caracteriza a la sociedad nicaragüense, como al resto del continente, provoca un alto nivel de destrucción social y de vulnerabilidad económica. Eso tiene un impacto real en el campo religioso, junto a la dificultad institucional de la Iglesia Católica de asegurar una presencia activa en muchos medios populares. Esto produce un ambiente favorable al desarrollo de los nuevos movimientos religiosos, generalmente ligados al protestantismo. La investigación del Centro de Análisis Sociocultural (CASC) muestra claramente que la interpretación superficial de la “ofensiva de las sectas” no permite interpretar el fenómeno. Tales movimientos responden a necesidades reales de construir nuevos vínculos sociales y de búsqueda de sentido en una sociedad profundamente perturbada por transformaciones socioeconómicas. El carácter restaurador de los dos últimos pontificados no parece constituir una respuesta adecuada a esta situación.
Podemos concluir que el estudio del caso nicaragüense permite realmente plantear una problemática que tiene su aplicación en el conjunto del continente.
24 de febrero de 2006

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>