La Revolución cubana del 30. Ensayos. Introducción

| Fernando Martínez Heredia

Cuba se convirtió en una nación cuando sumó, a la lenta acumulación de rasgos culturales que van tornando específico a un pueblo en un lugar determinado del mundo, sus revoluciones del último tercio del siglo XIX. Ellas le dieron un significado particular a la emancipación de la gran masa de esclavos negros y al proceso que acabó con el régimen colonial, posibilitaron que fuera orgánica la composición de la población de Cuba y la integración de sus regiones físicas, proveyeron una gesta nacional con su historia propia, sus fastos, dolores, símbolos y emociones compartidos. Esas dos revoluciones crearon al pueblo cubano como comunidad autoidentificada e irreductible a cualquier otra del planeta, hicieron que la política fuera la forma de conciencia social más característica del pueblo de la isla y que ella exigiera la creación de una nación Estado republicana, con instituciones y usos democráticos. Por esas revoluciones, el nacionalismo en Cuba ha tenido un contenido popular y de ideas radicales, que ha impedido a los que dominan disponer de él libremente como instrumento de hegemonía. La inmensa herencia de esas revoluciones sigue teniendo un gran peso en el mundo espiritual y político cubano.
Otras dos revoluciones sucedieron en la Cuba del siglo XX. La cuarta, iniciada en 1953 y triunfante en 1959, ha llenado con sus hechos y sus consecuencias el casi medio siglo siguiente, hasta hoy. La tercera, a medio camino histórico y cronológico entre esta última y las de independencia, es la que llamamos Revolución del 30. En cierto número de trabajos me he referido a esta Revolución como la menos conocida y recordada de las cuatro. He elaborado este libro a partir de los resultados de un trabajo sostenido de investigación y pensamiento que inicié ya hace cuatro décadas, en busca de la comprensión de aquel proceso histórico.
El uso de las analogías entre eventos históricos de diferentes épocas o países como instrumento del conocimiento social conlleva muchas dificultades y riesgos de errar, pero también aporta sugerencias valiosas y terreno de preguntas e hipótesis, rasgos sin los cuales la ciencia social tiene muy poca utilidad y frutos. Para ser funcionales, esas analogías se ven obligadas a dejar a un lado variables que podrían incluso invalidar afirmaciones que se hagan a partir de ellas. Hechas estas salvedades, quisiera comenzar a explicar lo que he pretendido en esta obra, y para ello comenzaré con una brevísima comparación de tres aspectos entre otros que podrían someterse al mismo procedimiento de las tres revoluciones cubanas a las que me referí: los grados de unificación del campo revolucionario alcanzados, sus instrumentos y el papel desempeñado por sus líderes.
Las Revoluciones de 1868 y el 1895 contaron con una entidad política rectora permanente la República en Armas , que tuvo su orden constitucional y legal elaborados, y con un instrumento militar único el Ejército Libertador , muy organizado como institución y articulado con el gobierno de la Revolución. Los principales líderes de la Revolución del 68 no fueron jefes incontrastados Céspedes fue depuesto en 1873 y abandonado a su suerte; Máximo Gómez tuvo y perdió mandos militares , o de alcance nacional Agramonte fue líder solamente del Camagüey; Maceo surgió como el líder popular más destacado solo al final de la guerra. Los líderes de la Revolución del 95 sí alcanzaron un peso decisivo, aunque dentro de las formas políticas y legales que la Revolución construyó. Martí formuló el ideal nacional popular, creó el partido, organizó el inicio de la guerra revolucionaria, unió a las generaciones involucradas y proveyó un cuerpo de ideas eficaz y a la vez muy trascendente; se convirtió en el símbolo de la patria y del proyecto republicano. Maceo fue el líder popular de la guerra, paradigma de las virtudes revolucionarias y símbolo de la cubanía y de la unidad forjada entre las razas. Máximo Gómez, jefe indiscutido del Ejército y reconocido como genio militar, impuso sus cualidades y su radicalidad, y fue la mayor personalidad del país desde 1898 hasta su muerte. Los tres fueron líderes nacionales y populares.
Durante la Revolución del 30 nunca existió la unificación política del campo revolucionario en un grado significativo, ni la de sus instrumentos, y ninguno de sus líderes desempeñó papeles decisivos. Los hechos más influyentes fueron acciones colectivas populares. La deslegitimación que experimentó el sistema político a partir del acto dictatorial de 1927, que prorrogó los poderes ejecutivo y legislativo del Estado hasta 1935 y liquidó la política bipartidista vigente, provocó un repudio popular latente, que se hizo expreso desde 1930. Dos vertientes políticas organizadas lucharon separadas contra la dictadura: una de grupos revolucionarios opuestos al sistema en diversas formas y grados, y otra de políticos del sistema que deseaban obtener el poder y sus gajes, y cerrar el paso a una Revolución. Una tercera vertiente, basada en el comunismo de la Internacional, trataba de organizar y conducir a los trabajadores hacia una Revolución social contra el sistema; era independiente y muy crítica de las otras. Todas batallaron con la represión y desgastaron al régimen, hasta que en mayo de 1933 el imperialismo norteamericano, controlador en última instancia del sistema a través de la relación neocolonial, “medió en la crisis cubana para lograr una sustitución de los gobernantes sin riesgo de Revolución. Esto provocó una verdadera división del campo opositor a mi juicio muy positiva entre los cómplices de los Estados Unidos y los opuestos a su dominio.
Desde fines de 1932 las acciones populares colectivas de resistencia y de protesta cobraban cada vez más intensidad y permanencia. Ellas iban a la vez contra la dictadura criminal y contra la pretensión del capitalismo neocolonial cubano de trasladar a las mayorías las consecuencias del final de la larga época siglo y medio en que el crecimiento de la exportación de azúcar había sido la constante principal en la formación económica, quiebra a la que siguieron de inmediato los efectos de la gran crisis económica mundial. Tiranía y desastre social fueron las condiciones de la Revolución que se desplegó. Las luchas revolucionarias y la protesta social masiva desembocaron durante el verano de 1933 en la caída de la dictadura de Machado y el quebranto sucesivo de la mayoría de las instituciones. Opino que la crisis revolucionaria se desarrolló entre fines de 1932 y marzo de 1935; dentro de ella, su condensación mayor y más aguda se produjo entre agosto de 1933 y enero de 1934, cuando la conciencia antimperialista se generalizó y existieron una gran rebelión social y un gobierno revolucionario. En vez de coordinarse, esas fuerzas se mantuvieron distantes y tuvieron algunos enfrentamientos. En los quince meses finales de la crisis amplia el clima de activa protesta social y acciones revolucionarias persistía, y la contrarrevolución en el gobierno no controlaba totalmente la situación, pero no hubo unidad de acción ni pasos reales de acercamiento entre el movimiento huelguístico, ahora más politizado, el socialismo insurreccional guiterista y el nuevo partido “auténtico .
No intentaré sintetizar en esta introducción los hechos que considero más significativos ni los análisis y valoraciones que he venido elaborando sobre la Revolución del 30. A ellos me refiero a lo largo de este libro cada vez que resulta necesario para la exposición. También lo he hecho en otras investigaciones y trabajos míos. Pido al lector que tenga muy en cuenta los hechos de la Revolución y del medio en el que ella sucedió, porque los acontecimientos, más los diferentes aspectos de la formación social, los conflictos y sus referentes sociales, los rasgos principales de la época con sus cambios y permanencias, siempre son esenciales cuando se analizan y valoran las motivaciones y actuaciones individuales y, por tanto, a aquellas personas que desempeñaron papeles destacados. El estudio de varias personalidades es precisamente el tipo de aproximación a la Revolución del 30 que he escogido. El libro combina el análisis del complejo que formó cada coyuntura relevante con el de las acciones, ideas y estrategias de esas personalidades que trataban de resolver esas circunstancias a favor de sus ideales , privilegiando el estudio de sus actuaciones.
Al no existir durante la Revolución del 30 una conducción unificada, el lugar de las personalidades reconocidas resultó más descollante, pero sus actuaciones, a la vez, fueron menos efectivas. He seleccionado a cinco revolucionarios entre los que compartieron o impulsaron las posiciones más radicales; tres de ellos fueron protagonistas y son los más citados hasta hoy. Los otros dos militaron en la izquierda estudiantil y su fama se consolidó a partir de sus escritos, aunque uno de ellos murió en combate como internacionalista y el otro tuvo una larga vida cívica e intelectual, y altos cargos en la cuarta Revolución. Toda selección obliga a excluir. Por su actuación radical en aquella Revolución, el dúo de Raúl Roa y Pablo de la Torriente Brau podría ampliarse con Gabriel Barceló, Ramiro Valdés Daussá, César Vilar, Leonardo Fernández Sánchez u otros. El campo revolucionario tuvo también personalidades sobresalientes entre los que mantuvieron ideas y actitudes menos radicales. Ramón Grau San Martín fue presidente, y el que tuvo influencia más dilatada en la época posterior; Eduardo Chibás se destacó mucho, y quince años después fue el mayor líder político del país. Emilio Laurent, Rubén de León, Sergio Carbó, Carlos Prío, ampliarían esta lista. Pero todas esas relaciones son ilustrativas, otros podrían aparecer en ellas.
Es obvio que otros estudiosos podrían hacer un trabajo análogo con las personalidades opuestas a la Revolución o los que la traicionaron. La Historia en Cuba no cuenta con muchos trabajos serios acerca de las personalidades que sirvieron a la dominación o militaron en las contrarrevoluciones, y tampoco acerca de los organismos que tuvieron esas funciones. Ese perjuicio al conocimiento social se debe, a mi juicio, a la ideologización mal entendida, la falta de método eficaz de los programas de investigación y la ausencia de debates de cuestiones esenciales, e incluso de información y comunicación.
Reitero que las condiciones en las que se produjeron los cambios de las personas y las relaciones e instituciones sociales generados por la Revolución del 30 fueron las del agotamiento del régimen político e ideológico de la primera república burguesa neocolonial y el fin de la larga época del crecimiento de la exportación de azúcar al mercado mundial con liberalismo económico, que había abarcado toda la segunda formación económica de la historia de Cuba y casi dos tercios del tiempo que duraría la tercera. La acumulación cultural revolucionaria y política a la que me he referido hizo inaceptables las soluciones de autoritarismo político y resignación a la miseria y el desempleo, que ofrecía la dominación. Entonces se puso a la orden del día una Revolución socialista de liberación nacional.
Pero uno de los errores fundamentales que cometen estudiosos de épocas de bruscos cambios sociales es confundir sus análisis acerca de las estructuras, relaciones sociales y conflictos que existieron, con lo que sentían y entendían las personas involucradas que los vivieron y actuaron en los eventos. Otro error, muy ligado al primero, es creer que el movimiento histórico que se produjo debía guardar una relación de dependencia con lo que ellos entienden por estructura económica social, lo que expresan con ideas como determinación, necesidad y otras parecidas. Asumir y exponer esas creencias en Cuba como si fueran “aplicaciones del marxismo ha acarreado desaciertos y confusiones muy graves en la materia misma de ciencia social y en numerosos campos de la vida, debido al peso y las funciones que tiene el marxismo como ideología. Ya no como cuestiones discutibles de teoría y de método, sino como artículos de fe, ellas han concurrido a un cuadro negativo para la investigación, pero sobre todo para la enseñanza y la divulgación de la Historia.
Más le vale a la ciencia social tratar de formular buenas preguntas, que den la posibilidad de comprender, o por lo menos de avanzar. Por ejemplo, la Revolución del 30, ¿fue una consecuencia final del largo proceso histórico iniciado en lo político en 1868 y en lo económico a fines del siglo XVIII? ¿O constituyó una toma de conciencia mediante la práctica de cómo podía hacerse realidad la Cuba de los proyectos revolucionarios, la Cuba que era posible realizar? Yendo a sus hechos, las limitaciones tan graves que confrontaron los proyectos y los esfuerzos más radicales, ¿se debieron a que la conciencia y la organización políticas no se formaron a tiempo para intervenir con éxito? ¿O fue por la gran incongruencia que portaba la formación social cubana entre sus relaciones e instituciones económicas y el campo de lo político e ideológico, entre sus mundos espirituales y el tipo de modernidad burguesa neocolonial que se había plasmado en ella?
El primer par de preguntas podría alimentar la hipótesis de que los eventos y las consecuencias de la Revolución fueron lo más avanzado esperable, y de que las posiciones más radicales carecían de suelo social, aunque fueran interesantes. O, por el contrario, la de que la acumulación cultural cubana citada no solamente permitía combatir la dictadura y la explotación y la opresión social, sino que ya incluía la posibilidad de plantear y encontrar factible el socialismo de liberación nacional, es decir, formulaciones positivas para conquistar unidas la libertad, la soberanía plena, la democracia y la justicia social. El segundo par de interrogantes puede ser conveniente para la exploración de diferentes alternativas de explicación a conjuntos de datos de aquel proceso revolucionario, que contribuyan a comprensiones más profundas, y válido para la elaboración de síntesis acerca del conjunto de la Revolución del 30. Puede arrojar más luz sobre la cultura política que guió los orígenes y el desarrollo del movimiento insurreccional de los años cincuenta. Y quizás la idea de la gran incongruencia puede contribuir al análisis de otras situaciones que hemos vivido desde entonces, a lo largo del siglo XX y hasta hoy.
Sin olvidar que una Revolución alteración profundísima, con efectos permanentes, de los resultados esperables del proceso social y su evolución es siempre un evento singular e irrepetible, quiero agregar que la Revolución del 30 constituye un momento central y un gozne en la acumulación de fuentes que posibilitaron en Cuba la opción de una Revolución como la que triunfó en 1959 y cambió al país en los años inmediatos. Por otra parte, por diferentes razones, los sobrevivientes del 30 no desempeñaron papeles relevantes en el nuevo proceso y la nueva Revolución no se proclamó la culminación victoriosa de la inmediata anterior, como en su tiempo hizo la del 95 respecto a la del 68. Pero hoy deberíamos contar con más investigaciones acerca de las relaciones entre ambos procesos revolucionarios del siglo XX cubano. Por fortuna, las monografías acerca de eventos y personalidades de la Revolución del 30 han venido enriqueciendo el acervo de conocimientos en las últimas décadas, aunque con sensibles limitaciones. Ellas serán sumamente útiles para las nuevas monografías y para los imprescindibles textos de síntesis e interpretación, si tenemos siempre presente el sabio consejo que en su día nos diera Ramiro Guerra y Sánchez.
Trato de profundizar en el conocimiento del evento histórico a través del análisis de las actuaciones y la vida de individuos participantes. Mi tema son las relaciones entre ciertas personalidades radicales actuantes y la época de Revolución en que vivieron y actuaron. ¿Cómo entendieron los datos de su situación y de su época, cómo se representaron las tareas a realizar, las vías para hacerlo, los amigos y los enemigos de su causa? ¿Qué ideales les dieron forma, alcance y vehículo a sus motivaciones, les sirvieron para luchar y persistir, para llegar a los mayores sacrificios? La Historia que solo observa a organizaciones políticas a través de actas de sus reuniones y declaraciones está ciega y tiene tratos con fantasmas. Entre otras cuestiones ineludibles al investigar cualquier organización política están, por ejemplo, los papeles que desempeñan esos documentos respecto al conjunto de su actuación, el grado real de institucionalización que tengan, la distancia que hay en las revolucionarias entre el deber ser y los propósitos que expresan sus textos y los hechos que logran realizar, las “traducciones que en sus prácticas se hacen de su ideología, sus ideas centrales y su estrategia, o las complejas relaciones y representaciones que siempre existen entre los individuos y su organización.
El radicalismo en la Revolución del 30 asumió el antimperialismo y el socialismo, dos nuevas dimensiones respecto al patriotismo nacionalista y la ideología mambisa de los radicales previos. Los cinco revolucionarios sobre los cuales leerán ustedes aquí fueron antimperialistas y socialistas de la primera época de arraigo social en Cuba de esas ideologías, cuando en el mundo de entreguerras mundiales chocaban a grados muy violentos todas las ideologías, se universalizaba por primera vez el socialismo marxista, el capitalismo sufría su mayor crisis económica y era dividido por el fascismo, se quebrantaba y perecía la Revolución bolchevique mientras se fortalecía la Unión Soviética (URSS), y reinaba el colonialismo en gran parte del mundo. El gran desafío para los cinco fue cómo ser antimperialistas y socialistas, es decir, patriotas antiburgueses, comunistas cubanos, cómo unificar las luchas de clases con las luchas del pueblo, cómo conciliar ideas y estrategias disímiles y a veces opuestas. Y todo eso en función de convencer y conducir a sus compañeros cercanos, sectores afines y, de ser posible, la gente del país, a la organización y el combate, en un tiempo en que las prácticas de resistencia y rebeldía terminaron por cambiar la situación y a las personas, pero en la conciencia de estas predominaban los materiales previos: liberalismo democrático y popular, anarcosindicalismo, odio a la dictadura y sus esbirros y personeros, simpatías por algunos políticos.
Ellos tuvieron que descubrir ideas y normas de conducta esenciales, entre el pensamiento y las normas que existían y lo nuevo que llegaba, ser creativos frente a todos estos elementos para elaborar sus posiciones, y aferrarse a ellas. Señalo uno solo de esos descubrimientos, pero que tuvo una importancia inmensa: para ser antimperialista de manera eficaz en Cuba hay que ser socialista; para ser realmente socialista, es forzoso ser antimperialista. Parece una obviedad, pero fue extremadamente difícil comprenderlo y practicarlo, muchos no lograron entenderlo o llevarlo a sus prácticas consecuentemente, y después de que la unión de esos dos rasgos alcanzó su cenit durante la crisis revolucionaria, el antimperialismo fue sacado de la escena política en la segunda mitad de los años 30 y el socialismo dejó de ser un objetivo político. Ambos, y la necesidad de su unión, quedaron latentes en los ríos profundos de la conciencia, pero fue tan larga su ausencia que solamente la Revolución triunfante de 1959 pudo hacerlos retornar, unidos, y ponerlos en el centro de la política y las ideas.
He buscado un balance de relevancia y representatividad respecto a los temas de la Revolución del 30 que escogí para tratar en este libro. Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras son los protagonistas de la línea del socialismo cubano, una forma de comunismo que resultó la apta para bregar por la liberación nacional y el socialismo; en las nuevas condiciones de los años cincuenta, esta forma fue retomada y llevada a la victoria por un movimiento revolucionario conducido política, militar e ideológicamente por Fidel Castro. Mella fue la personalidad joven más descollante de su tiempo, le dio un perfil subversivo a la creación del movimiento estudiantil y a la superación de adultos trabajadores, denunció la democracia liberal corrompida y colonizada, fue una figura central en el origen de la política comunista en Cuba, se convirtió en un líder y un ideólogo en el naciente movimiento comunista de la región, elaboró la primera propuesta práctica cubana de insurrección popular unitaria para lograr el socialismo y la liberación nacional. Murió demasiado temprano, cuando todavía el pueblo no se había puesto en movimiento. Expongo de manera muy sintética tres dilemas que Mella debió enfrentar y en cuya solución debió acertar cuando su causa tenía muy escasa implantación, no podía echar mano a experiencias y a menudo no contaba con la aprobación de sus propios compañeros.
Antonio Guiteras fue el más destacado exponente del socialismo cubano durante la Revolución del 30. Reivindicó la centralidad de la lucha y la organización políticas, y la vía de la insurrección armada popular y la toma del poder político para lograr la liberación nacional y el socialismo. En el texto que le dedico el más extenso de este libro , expongo en detalle su vida política y sus ideas respecto a la afirmación que acabo de hacer, lo que trato de sustentar con las fuentes necesarias y la exposición de mis juicios y valoraciones sobre la cuestión y sus condicionamientos. Es un fruto de mis estudios a lo largo de décadas, parcial en cuanto no analiza su actuación durante la etapa última de su vida, entre la caída del Gobierno Provisional en enero de 1934 y su muerte en combate en mayo de 1935, ni Joven Cuba, la importante organización política revolucionaria que creó para que fuera el vehículo de su concepción y su estrategia. No me pareció necesario para sustentar la tesis que presento, además de que alargaría demasiado ese trabajo.
Rubén Martínez Villena es el héroe político e intelectual cubano de la línea bolchevique del socialismo. Joven poeta de grandes méritos y actor cívico notable desde 1923, se hace latinoamericanista y antimperialista, e ingresa en 1927 en el Partido Comunista (PC), fundado dos años antes. Vive junto a sus compañeros obreros, es el líder de la gran huelga de marzo de 1930 y tiene que partir al exilio. Tuberculoso declarado desde 1927, a partir de 1930 la enfermedad se agrava, lo va deteriorando y fallece en enero de 1934. De los personajes de este libro, es el único que vivió en la Unión Soviética y conoció directamente la Internacional Comunista (IC), en cuyas oficinas trabajó durante meses como representante del partido cubano. Por la lucidez con que asume los problemas y las situaciones, su comprensión de la centralidad de la política para el partido, su antimperialismo y su personalidad política tan cubana, Rubén resulta superior en sus actuaciones y sus ideas a la ideología y la línea política de las cuales es seguidor. Con la fuerza tremenda de su voluntad, logra regresar a Cuba en mayo de 1933, a tiempo apenas para participar en la crisis revolucionaria del segundo semestre del año como el más prestigioso líder comunista, mientras se agrava y agoniza. Su partido no logró ser protagonista en la crisis, a pesar de la amplitud y combatividad de la gran rebelión social de aquel año, debido a la combinación de sus posiciones erróneas, la imposición ideológica y disciplinaria extranjera que sufrió y la falta de fuerza y de líderes.
El texto sobre Villena es el de una entrevista que me hicieron en 1999, en ocasión del centenario de su nacimiento. El género me permite bucear en el ser humano como parte del análisis de un personaje histórico, hacer comentarios más libres que los usuales en estos trabajos, aludir a otros temas e incluso asomar otras aproximaciones históricas, tan válidas como la historiográfica. Por las preguntas es, además, una interlocución entre diferentes generaciones. Por otra parte, aquel mismo año 1999 le dediqué a Rubén un estudio más orgánico y formal. Sin embargo, debo reconocer que la vía que utilicé no sustituye relatos y análisis más fundamentados en la documentación, que nos ayuden a avanzar más y a poner al alcance de todos la trayectoria de Martínez Villena.

Permítanme un paréntesis sobre el problema de los líderes y las organizaciones revolucionarias. El socialismo marxista le brindó una fundamentación basada en las luchas de clases a la política proletaria y a la comprensión de las revoluciones y el movimiento histórico en general. Desde ella se debatieron el llamado papel de la personalidad en la historia, la necesidad de preservar el carácter del partido como actor colectivo y expresión de la conciencia de la clase trabajadora, y otros problemas afines. Los revolucionarios comunistas se oponían a la exaltación de personas como caudillos aunque fueran caudillos del pueblo y trataban de encuadrar a sus propios líderes en la concepción marxista y en el marco de sus organizaciones. En términos teóricos, ese fue un desarrollo muy notable de las políticas de la liberación que tiene un valor permanente , pero en la práctica de sociedades como la cubana de la época que estudiamos era casi un salto en el vacío respecto a la necesidad de un liderazgo carismático. Dados los niveles reales de conciencia social y política, ese liderazgo facilitaría la obtención de simpatías, la ideología compartida y el reclutamiento de militantes, y la disposición por parte de activistas políticos y sociales, combatientes y masas populares a reducir su autonomía personal, entregarse a la causa y hacer sacrificios.
El viejo caudillismo clientelar republicano, crecido a la sombra del árbol de la Revolución de 1895, estaba vencido históricamente, pero eso no hacía innecesarios a los líderes populares, capaces de convocar aprovechando inclinaciones existentes en los convocados, de cuya movilización, conciencia y actuación depende la política popular. Más que ofrecer sesudas explicaciones, esos líderes unifican y conducen a los individuos más dispares, los sectores diferentes en que viven los oprimidos y sus intereses desacordes, y obtienen mediante una condensación difícilmente explicable la acumulación de fuerzas que se perdería en debates y negociaciones. Ellos manejan la estrategia que da confianza en que el triunfo vendrá, y canalizan y sujetan las fuerzas y las acciones más disímiles para que sirvan a un fin y unos modos comunes. Esos líderes encarnan el deseo libertario y la necesidad de organización, esas dos dimensiones lejanas que solo reunidas aportan un sentido de eficacia política a la actuación revolucionaria.
Mella y Villena compartían las convicciones comunistas acerca del “papel de la personalidad , pero sabían situarlo, como marxistas, en su condicionamiento histórico, para utilizarlo en la política real. Como se sabe, el naciente Partido Comunista cubano hizo caso omiso del asombroso carisma de Mella y prácticamente lo expulsó por indisciplina, a inicios de 1926; solo rectificó esa actitud un año después, cuando se lo orientó la Internacional. Martínez Villena nunca pudo ser el Secretario General de su partido, por la absurda regla de “bolchevización que exigía que solo pudiera serlo un obrero; en los últimos meses de su vida se vio sometido a los ataques de los “delegados de la Internacional enviados a La Habana, que le exigían al partido cubano condenarlo por “su línea oportunista . Estos y otros hechos contra los propios compañeros no ayudaban a la causa que querían defender, generaban lejanía o rechazo, y convenían a quienes presentaban al comunismo como algo detestable o exótico. Mella, Guiteras y Rubén, siempre personalidades fascinantes en los recuerdos de los sobrevivientes, fueron paradigmas para quienes querían ser revolucionarios en la generación siguiente a la suya, pero solo como individuos que habían sido grandes revolucionarios cubanos.
Raúl Roa García es el único de los cinco que sobrevivió a la época que se trata en el libro. Dadas sus extraordinarias cualidades intelectuales y consecuencia política y cívica hemos podido contar con numerosos textos suyos que contienen profundos criterios y valoraciones acerca de la Revolución del 30. He estudiado su pensamiento y las diferentes circunstancias en que lo produjo, temas que he desarrollado en escritos y conferencias; también tuve oportunidad de entrevistarlo y de discutir con él estos y otros asuntos de la Revolución del 30. Pero en su caso escogí el prólogo que escribí para la segunda edición setenta años después de la primera de su primer libro, Bufa subversiva, de 1935. Roa seleccionó y organizó un conjunto de trabajos suyos para ofrecer al público su posición y un testimonio, en los meses finales de la Revolución. Con esto nos dejó además de sus grandes valores intrínsecos el primer libro cubano fruto de la asunción del comunismo como concepción social y política, como digo en mi texto. En él examino los rasgos de Bufa subversiva, las tensiones y contradicciones que porta, su lugar en la obra y la vida política del autor, y sus condicionamientos. Esto me permite ofrecer una perspectiva diferente a la asumida para los demás: la que el propio participante, viviendo aún el acontecimiento histórico, ha querido compartir.
Roa y su gran amigo Pablo de la Torriente Brau se formaron como revolucionarios en la acción subversiva dentro del movimiento estudiantil, militando en la forma de comunismo que el impacto de la Revolución bolchevique y la conducción de la Internacional Comunista estaban implantando y extendiendo en América Latina. Hicieron suyos, por tanto, los logros maravillosos aportados por aquel movimiento europeo en cuanto a la comprensión de las dominaciones bajo el capitalismo; el ejemplo excepcional y la insólita esperanza que entrañaron el triunfo de una Revolución anticapitalista y la existencia de una sociedad en transición socialista en un país enorme, aunque muy lejano; los cambios que experimentaban o intentaban los individuos en sí mismos y en sus relaciones políticas y sociales; la fe y la fuerza inmensas que sentían los que militaban o eran seguidores de los nuevos partidos comunistas híbridos formidables de organización política terrenal y criatura mítica procedente del futuro ; y la expansión y el arraigo de la teoría social del marxismo, instrumento singular para el conocimiento y para la Revolución, que intentaba convertirse en concepción del mundo y de la vida. Pero a lo largo del proceso de la Revolución Roa y Pablo entraron en contradicciones con deficiencias reales de la causa en que militaban, e incluso las trascendieron, hasta donde les fue posible, a partir de sus actuaciones y de sus cualidades intelectuales, políticas y morales.
Pablo de la Torriente Brau fue el único entre los cinco que actúan en esta obra que no era universitario ni graduado de enseñanza media , que se ganaba la vida como empleado y que entró de mayor edad en las filas revolucionarias. Periodista descollante y notable escritor, es el más afamado cronista de la Revolución del 30. Remató su vida política en 1936 en España, con su caída gloriosa como combatiente internacionalista. El texto que le he dedicado expone en detalle su actuación política y todos los aspectos que estimé necesarios de su actividad intelectual dentro de la Revolución. También brinda mis criterios acerca de ellas, al mismo tiempo que caracteriza la época mundial y cubana en que vivió, analiza cómo trató de cambiar a fondo lo que podía esperarse de la época y cambiarse a sí mismo en el curso de ese combate, y describe las vicisitudes de sus relaciones con la causa que asumió, sus órganos políticos y sus ideas. Lo último incluye sus relaciones con el Partido Comunista y las valoraciones que hizo de él. En suma, este texto me permite ofrecer datos y juicios sobre la época en que sucedió la Revolución del 30 y tratar expresamente, entre otros temas, cómo y hasta dónde una personalidad trasciende el destino que le toca y altera los resultados esperables del proceso social.
Desisto de alargar esta introducción refiriéndome al tipo de trabajo realizado y a cuestiones de método y teoría que vendrían al caso, y me limito a unos breves asertos. Este es un trabajo de ciencia social, naturalmente, desde la disciplina de Historia, cuyo punto de partida es el tipo de marxismo que comparto y practico; tengo muy en cuenta las direcciones de la ciencia histórica que pueden servirme para mi tema y mis propósitos. Traté de construir y ofrecer aquí una perspectiva declaradamente parcial en cuanto a los contenidos de los eventos históricos involucrados, pero esa perspectiva está inscrita dentro de una comprensión totalizadora del proceso histórico la Revolución del 30 a la que he arribado previamente. La obra y el autor son ajenos y opuestos al bloque de prejuicios, selecciones tendenciosas, distorsiones y ocultamientos que han dificultado tanto el conocimiento de ese proceso histórico durante un período prolongado.
Como soy un modesto continuador de tantos estudiosos que proclamaron sus ideales dentro de sus obras de conocimiento, no quiero terminar sin declarar mi intención de homenajear con este texto a la Revolución del 30 que no fracasó, porque ninguna Revolución verdadera fracasa y a los cinco protagonistas del libro, y, con ellos, a los que fueron la causa de sus desvelos y el motor de sus ideas, actuaciones y pasiones: la gente de abajo de mi país, los que generación tras generación han ofrecido sin desmayo sus esfuerzos y sus sacrificios, sus heroísmos y su abnegación a la causa de la libertad y la justicia. Y mi esperanza en que, en alguna medida, logre influir a sus lectores a tratar de conocer más, debatir acerca de las cuestiones polémicas y, sobre todo, ser motivados por tan hermosos ejemplos.

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