El laberinto tras la caída del Muro. Los desafíos de Cuba para un socialismo del siglo XXI. Prólogo

| François Houtart

El libro de Aurelio Alonso permite plantear cuestiones muy importantes para el futuro de Cuba: la problemática de la relación entre el socialismo del siglo XX y el socialismo del siglo XXI. Este problema podría parecer bastante teórico o aun especulativo, porque no es una fecha, tan emblemática como un cambio de milenio, lo que provoca una división de época. Son las realidades concretas que se imponen en este caso, y no en primera instancia los aportes del conocimiento. Es precisamente en lo relativo a una dinámica histórica que se debe repensar el cuadro teórico de referencia.

De hecho Cuba ha sido un parámetro para el socialismo del siglo XX, especialmente en el Sur, porque la Revolución ha tenido lugar en 1959. Por otra parte, la última década del siglo XX ha conocido la caída de la Unión Soviética y del bloque de Europa del Este, y la entrada en el siglo XXI coincidió tanto con el triunfo del neoliberalismo como con nuevas orientaciones en los sistemas socialistas de China y de Viet Nam. El principio del siglo ha conocido también en América Latina el desarrollo del bolivarianismo en Venezuela y el llamamiento de Hugo Chávez a definir el socialismo del siglo XXI. En este sentido, hablar de la distinción entre dos momentos del socialismo no es del todo artificial.

La Revolución cubana ha sido un proceso dialéctico, con sus contradicciones internas y externas. Sin embargo, Cuba nunca cesó de considerarse socialista. Vale la pena recordarlo brevemente, resumiendo varias partes de la obra de Aurelio Alonso. Los primeros pasos de la Revolución se caracterizaron por una recuperación nacional con perspectivas sociales. Las riquezas principales del país estaban en manos del capital norteamericano y localmente la clase social en el poder cumplía un papel comprador casi ejemplar, con todas sus consecuencias políticas. La dictadura de Batista ofreció el blanco ideal para una acción política revolucionaria. Al mismo tiempo, las desigualdades económicas, sociales y culturales eran tales que un proyecto de cambio no podía sino recibir el apoyo popular.

La gran tradición cubana de lucha nacional, desde las revueltas de los esclavos y las luchas contra la colonización hasta la guerra de independencia, inspiró a los combatientes de la Sierra Maestra. El pensamiento de Martí alimentó de manera natural el proceso revolucionario, aun si referencias marxistas ayudaban a precisar el carácter de lucha de clases que tomaba el movimiento y a establecer vínculos con los países socialistas. El resultado fue un sistema bastante original en comparación con el socialismo europeo o chino, que buscaba vías nuevas, hasta una organización económica propia, mucho más participativa que el modelo soviético. Se debe recordar que este último se desarrolló dentro del contexto de dos guerras largas y destructivas y de la necesidad, cada vez mayor, de una reconstrucción acelerada que llevara a un alto grado de centralización y de verticalismo.

La necesidad de Cuba de apoyarse fuertemente en el bloque socialista europeo para salvar el proceso socialista frente a la agresión y al embargo de los Estados Unidos ha tenido su costo estructural e ideológico. El modelo soviético prevaleció progresivamente en casi todos los sectores del proceso revolucionario, sin que este último perdiera del todo su idiosincrasia propia, y se insertó en la realidad geoestratégica internacional de la Guerra Fría. Tal situación, que duró unos 20 años, estructuró inevitablemente el Estado, el Partido, el ejército y también la manera de pensar y la socialización de las nuevas generaciones.

A partir de la mitad de la década del ochenta un nuevo proceso tuvo lugar dentro de la opción socialista de Cuba, con una orientación más centrada en la tradición propia, tanto revolucionaria como ideológica. No se abandonó la herencia marxista, pero se reintrodujo una lectura menos cerrada y un nuevo debate. Por supuesto, los logros sociales y culturales de la Revolución no estaban en cuestión, ni tampoco las orientaciones internacionalistas que habían marcado toda su historia.

Con la caída del bloque soviético se planteó un escenario no previsto que destruyó de un golpe la integración económica vía CAME y el apoyo que directa o indirectamente recibía Cuba. Empezó una situación de gran austeridad y una reestructuración en todos los dominios. Inevitablemente, nuevas relaciones sociales se construyeron en la sociedad cubana, con la dolarización parcial de la economía, las joint-ventures y el desarrollo del turismo internacional. No era fácil, en tales condiciones, admitir que las medidas tomadas en un marco de emergencia tenían también su costo desde el punto de vista de la construcción del socialismo. En realidad nunca se abandonaron los principales logros sociales y culturales, como la educación, la salud, el deporte, la cultura, ni tampoco la solidaridad internacional. Se rechazó la opción de los antiguos países socialistas europeos, que adoptaron la vía capitalista (como lo había previsto el Che ya en 1965), con las consecuencias sociales dramáticas que se conocen. No se adoptó tampoco la solución china o vietnamita de introducir mecanismos del mercado para el desarrollo económico, pensando poder controlarlos con un Estado y un Partido fuertes, aceptando que esta lógica introdujera diferencias sociales crecientes y dificultades para preservar los logros del socialismo en asuntos de salud y de educación.

Esta actitud, a la vez de principios y prácticas, provocó reacciones diversas y a veces contradictorias, tanto dentro como fuera de la isla. Por una parte, la política de preservación del socialismo adoptada se interpretó por algunos como una postura “dogmática” y no adecuada a la nueva situación de un mundo unipolar, orientado por una globalización neoliberal. Por otro lado, otros veían en las medidas económicas “especiales” un abandono de la lógica socialista, que conduciría a la caída del modelo. En el interior, concepciones “ortodoxas” se encontraban con otras “socialdemócratas”. Algunas instituciones estatales, partidarias, sindicales y del ejército estaban preocupadas por el mantenimiento del proyecto socialista, vulnerabilizado además por un reforzamiento del embargo de los Estados Unidos y por presiones de la Unión Europea. Eso explicó varias reacciones políticas e ideológicas consideradas por algunos dentro y fuera del país como el resultado de una crispación tal vez comprensible, pero no necesariamente feliz, y que finalmente frenaba el desarrollo de una visión dinámica del proyecto socialista. Nuevas medidas fueron adoptadas para reducir la dolarización y luchar contra la corrupción, al mismo tiempo que se ampliaba el debate sobre el futuro.

Lo esencial fue que a pesar de muchas predicciones el socialismo cubano no se desplomó con la caída del Muro de Berlín, y la visita del Papa en 1998 no significó el último golpe a un régimen en fin de vida, como en Polonia. El mundo ha tenido que reconocer que existía una coherencia en la opción socioeconómica socialista de Cuba, con todas las limitaciones conocidas, pero también con una real claridad.

La transformación sociopolítica de varios otros países latinoamericanos ayudó a Cuba a salir de su aislamiento económico y político. El apoyo de Venezuela en particular permitió nuevos intercambios sobre una base fuera de la lógica global del mercado capitalista. En el continente, una nueva dinámica política popular tuvo lugar, inspirada y animada en gran parte por el hecho mismo de la existencia de un país revolucionario como Cuba, pero con otros desafíos y respuestas propias. Esta situación ofreció también a la isla la posibilidad de desempeñar un papel intelectual importante con los numerosos eventos internacionales sobre varios sectores de la economía (globalización, deuda externa) de la política (terrorismo, no alineados) de la cultura (pensamiento martiano, marxismo, Feria del Libro), etc. Es en este contexto que Cuba se encuentra frente a un nuevo reto: ¿cómo definir el socialismo del siglo XXI?

No se trata solamente de la institucionalización del proceso revolucionario. La manera como se respondió a la enfermedad de Fidel Castro del pasado 31 de julio dio la prueba de que el proceso había sido bien preparado, y no se provocó el terremoto político que los adversarios esperaban. Hoy día, la tarea principal es definir la vía socialista del futuro. Evidentemente, la interrogación sobre el socialismo no esperó el contexto histórico particular para plantearse, pero los desafíos del futuro exigen perspectivas nuevas también vinculadas con la coyuntura. El debate interno en Cuba está en camino y exige un alto grado de imaginación creativa.

La tarea principal es comprobar la superioridad moral del socialismo sobre el océano neoliberal global, lo que implica tanto la participación popular como un éxito económico. Eso significa por una parte oponerse a la estrategia del adversario que trata de desagregar el proceso por la destrucción económica (el embargo) y el aislamiento político, y por otra parte superar las contradicciones internas parcialmente ligadas con el primer aspecto: la corrupción y la rigidez política. Una tarea tal tiene su vigencia no solamente para la sociedad cubana, sino también para la humanidad en su conjunto, en un momento histórico donde el neoliberalismo, todavía dominante, está perdiendo su hegemonía, es decir, su capacidad de conquistar las mentes y los corazones.

Para realizar este objetivo se necesitan dos pasos simultáneos. El primero, la política exterior dinámica que hace de Cuba un actor internacional (ALBA, NOAL, solidaridad médica y educacional, numerosas reuniones de especialistas y movimientos). El segundo, un buen análisis de las estructuras económicas y sociales de la sociedad cubana, tal como fueron transformadas por el período especial, para poder dinamizar el nuevo proceso de participación popular y de desarrollo económico. Pero, más que nunca, la práctica necesita de la teoría, para no caer en la búsqueda exclusiva de “éxitos”, como decía Rosa Luxemburg, que hacen elegir las políticas concretas en función exclusiva de las circunstancias.

Por eso, el pensamiento marxista en su dimensión amplia ofrece a la vez una base de análisis, de crítica y de anuncio, indispensable al encuentro del socialismo del siglo XXI. No se trata de “resucitar un muerto”, como ciertos individuos piensan, sino de renovar un enfoque dinámico. Marx no conoció sociedades “socialistas”. El análisis, la crítica y la renovación de los ensayos del socialismo del siglo XX pueden desembocar en el socialismo del siglo XXI, enriquecidos por el aporte de las experiencias concretas y de la evolución del pensamiento.
Hoy día, estamos más conscientes del carácter aleatorio de la construcción de la realidad social, que no corresponde en su evolución a un proceso lineal fruto del voluntarismo, sino a pasos caracterizados por “el evento, el error, el desorden y finalmente la incertidumbre”, como lo indica Edgar Morin. Reconocer esta realidad, no significa el rechazo de referencias: se trata de construir el socialismo, es decir, de traducir a lo concreto el principio material de la vida individual y colectiva, física, cultural y espiritual, y de organizarla y celebrarla universalmente. Es un proceso de reorganización constante que no teme el azar, el evento y aun el error, sin los cuales no hay invención ni creación.

El trabajo de Aurelio Alonso nos ayuda a entender que la construcción concreta del socialismo del siglo XXI en Cuba tiene muchos aspectos. A título de ejemplo podemos citar algunos de ellos. ¿Cómo desarrollar una economía socialista sin caer en el peligro de un capitalismo modernizante, y cómo privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio? ¿Cómo aliar productividad y participación de los trabajadores, siguiendo la tradición del Che? ¿Cómo acelerar la transición hacia una economía de servicios? ¿Cómo reconstruir una agricultura campesina, orgánica y cooperativista? ¿Cómo agilizar el comercio de proximidad sin dar lugar a procesos de acumulación capitalista? ¿Cómo resolver nuevas formas de desigualdad económico-social? ¿Cómo realizar un crecimiento económico que respete las normas ecológicas? Todos estos objetivos ya presentes en la historia del socialismo cubano toman hoy dimensiones nuevas.

En el plan político el principal desafío es ¿cómo ampliar la participación popular, especialmente de la juventud que no ha vivido el proceso histórico revolucionario? y, paralelamente, ¿cómo pasar de un modelo coyuntural de funcionamiento con tendencia vertical a otro más horizontal, reduciendo el peso de una administración centralizada y de un poder militar que ha tenido que asumir tareas de seguridad y responsabilidades económicas excepcionales?, ¿cómo garantizar una expresión política más amplia sin poner en peligro los logros de la Revolución?, ¿cómo ampliar los espacios de libertad individual y asegurar la coherencia ideológica? Se trata, en pocas palabras, de realizar un “conservatismo revolucionario” (como diría Edgar Morin), es decir, conservar la perspectiva de la construcción socialista, pero siempre dentro de una visión de cambio.

En este aspecto, los sectores de la salud, la educación y la cultura, que fueron privilegiados desde el principio de la Revolución y respetados durante los momentos más difíciles de la historia reciente, constituyen seguramente una de las bases principales del socialismo del siglo XX. La tarea será continuar el esfuerzo con vista al futuro, sobre los nuevos logros de la salud, el contenido de la educación y de la pedagogía, y la cultura en todas sus dimensiones. En la perspectiva nueva, algunos sectores socio-culturales en particular merecen una consolidación, como las relaciones de género, la participación social de las poblaciones negras, y el papel de las religiones. A menudo estas dimensiones fueron consideradas como marginales en la construcción del socialismo del siglo XX. La cuestión es cómo integrarlas más intensivamente dentro del proyecto, lo que puede dinamizar nuevas fuerzas en la sociedad cubana.

Cuba ha demostrado que no hay socialismo sin solidaridad internacional. No ha sido fácil de alcanzar un equilibrio entre ella y las necesidades locales, para un país relativamente pobre, bajo presión económica y política. La nueva coyuntura mundial, especialmente en América Latina, ofrece perspectivas renovadas para una contribución original, que en muchos aspectos ya fue un ejemplo de internacionalismo.

En conclusión, la contribución de Cuba hacia el futuro está condicionada por un proceso dialéctico interno, evidentemente difícil, pero que tiene bases sólidas en su experiencia social y política. Entrar en el socialismo del siglo XXI significa una transformación real, porque la historia misma del socialismo del siglo XX deja enseñanzas diversas, positivas y negativas. Se trata de una tarea valiosa que puede movilizar las energías y las esperanzas. El trabajo analítico y, en muchos aspectos, prospectivo del libro de Aurelio Alonso es un aporte intelectual al proceso, que nos permite pensar en su real posibilidad de éxito.

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